Renato Cisneros

Durante mi adolescencia en Lima, escuché cien veces la pregunta “¿De qué colegio eres?”. A veces de mi propia boca. En reuniones, fiestas, clubes, balnearios, en cualquier espacio de clase alta o media alta la interrogante, aparentemente inofensiva, surgía muy temprano y funcionaba (aún funciona, supongo) como una suerte de escáner, de radiografía al vuelo, para mapear socialmente a tu interlocutor. También era (es) común oírla entre peruanos que se conocen en el extranjero y ceden a la tentación de ubicar al compatriota. No sé si el esquema se mantiene igual, pero antes a la pregunta del colegio le seguían otras que apuntaban a esclarecer la procedencia distrital, el linaje familiar y hasta el récord migratorio. Por alguna razón era clave saber de qué barrio eras, qué apellido tenías y en qué lugares solías vacacionar. Dependiendo de las respuestas que dieras, la relación entre interpelador e interpelado podía tornarse o repentinamente cómplice o inmediatamente gélida. Era la diferencia entre estar in y estar out, entre pertenecer o quedarse en el margen a la espera de alguien más semejante.

Con los años captas que esas preguntas son parte de un tipo de cuestionario estúpido que, más que a la inocente curiosidad, está ligado a una no tan inconsciente pulsión segregadora. ¿En realidad se necesita saber en qué colegio estudió una persona para ser su amiga? Evidentemente no.

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Pero la frecuencia (y sobre todo la prontitud) con que aparece la famosa pregunta del colegio indica que detrás de ella se esconden motivaciones secundarias: ya sea la necesidad de reconocerse entre pares o el interés por ensanchar una red de contactos que pueda resultar provechosa para el presente y futuro.

El asunto es más delicado si hablamos, ya no de relaciones interpersonales, sino de vínculos laborales definidos muchas veces por el compadrazgo colegial en lugar de la meritocracia; es decir, la argolla (el método de la protección de la collera, por cierto, es transversal y funciona perfectamente en otros estratos: el actual gobierno es una prueba tangible).

La pregunta del colegio no se circunscribe al ámbito limeño o peruano (en Chile también se emplea con idéntico propósito), pero en un país tan diverso como el nuestro, donde no existe una red educativa de calidad y donde los privilegios (léase oportunidades) siguen estando lejos del alcance de las mayorías, la pegunta resulta nociva. Y muy reveladora.

Así lo han entendido los investigadores sociales Luciana Reátegui, Mauricio Rentería y Álvaro Grompone, quienes decidieron estudiar el papel que los colegios limeños top juegan en la reproducción de una clase alta autorreferencial, largamente acostumbrada a ocupar espacios de liderazgo, dirección y poder, pero a la vez desconectada de la realidad nacional. El resultado es un ambicioso libro (editado por el Instituto de Estudios Peruanos) cuyo título es, precisamente, “¿De qué colegio eres?”, que viene generando diversas reacciones y, lo más importante, una discusión respecto de las clases dominantes, que ojalá se sostenga en el tiempo.

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La clase alta peruana –no definida así únicamente por su poder adquisitivo, sino también por su “capital social”– debería ser animadora en la producción de contenidos de integración, la principal interesada en cerrar brechas, erradicar los discursos de odio, bloquear el fanatismo.

Es el retorno que se esperaría de parte de quienes han accedido a la mejor instrucción disponible del medio y en muchos casos del extranjero.

Lo que alcanzamos a ver, sin embargo, salvando contadas excepciones, es decepcionante en grado sumo, tanto en el ámbito político, empresarial y social. La formación de criterio brilla por su ausencia, el sentido común básico no aflora nunca, la nostalgia colonial se nota demasiado y los recelos infantiles están siempre, siempre, siempre, a flor de labio. //


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