"No solo no me corresponde meterme en los asuntos de los demás, sino que nunca debí juzgar a la niña solo por ser niña". Lee la columna de Lorena Salmón. (FotoIlustración: Kelly Villarreal / Somos)
"No solo no me corresponde meterme en los asuntos de los demás, sino que nunca debí juzgar a la niña solo por ser niña". Lee la columna de Lorena Salmón. (FotoIlustración: Kelly Villarreal / Somos)
Lorena Salmón

Me cuenta mi amiga Claudia, que vive en el Cusco y trabaja para la empresa textil familiar, que está viendo cómo ayudar a la comunidad de mujeres andinas que durante la ha sufrido de gran .

“Lo más triste es que es tan común, que ellas mismas lo han normalizado, como si las agresiones fueran parte de lo que les toca”. Para Claudia es imperante buscarles una fuente de ingreso económico, para que de esta forma puedan tener cierta independencia y la opción de no quedarse solo porque el marido es quien provee. En la realidad, a nadie le importa. Nadie las ve. Son invisibles, como si la indiferencia del Estado tomara la forma de ‘burka’ islámico para desaparecerlas.

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En el Perú –y solo en este año–, se han cometido 68 feminicidios (no estamos contando los últimos casos de agosto); 2.891 mujeres han sido reportadas como desaparecidas y durante la pandemia las llamadas a la línea 100 se incrementaron en un 150% .

No hay que ser adivino para saber que, debido al confinamiento impuesto como medida para la pandemia, muchísimas mujeres se han visto encerradas cara a cara con su agresor.

La violencia contra la mujer en este país y en el mundo es endémica y devastadora. Así lo señaló el doctor Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS, en marzo, mucho antes de que las fuerzas talibanas tomaran el poder en Afganistán y, con ello, pusieran en vitrina la universal y condenable problemática de la opresión contra la mujer.

Sí, no hay nada más trágico que el retroceso que se está viendo actualmente en Afganistán y el régimen del terror que impide a la mujer prácticamente ser un humano.

Todos horrorizados lo vemos frente a la pantalla. ¿Cómo no estarlo? ¿Y cómo no aprovechar que los ojos del mundo están puestos sobre esta realidad tan dolorosa y para muchos hasta imposible, para mirar también hacia acá?

Hacia tu espacio, casa, hogar, tu familia y hacia ti mismo.

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¿Podemos sentirnos libres y en igualdad de condiciones? ¿Oprimo a las mujeres de alguna forma? ¿Me dejo oprimir por las convenciones sociales en cuanto a mi género?

Ayer veía en el parque a una chiquilla entre 14 y 15 años, sentada en la rama de un árbol, esperando. A lo lejos, un grupo de chicos, tres, de la misma edad. Ella los esperaba y yo pensé por un segundo, antes de ponerle pausa a ese patrón de impulso: esta niña espera a los chicos (no al revés) y además es la única mujer. Mi voz interna era de queja, como si me molestara.

Luego me di cuenta de que ese pensamiento, innato, es absolutamente equivocado, que corresponde a un patrón de micromachismo que está instalado en mí como algo normal.

No solo no me corresponde meterme en los asuntos de los demás, sino que nunca debí juzgar a la niña solo por ser niña.

Es por ahí por donde debo empezar, para desde mi lugar ayudar a cambiar lo que puedo cambiar.

Así como:

No sentirme menos por cumplir más años.

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No tener vergüenza de querer vestirme como me provoque, y sin que nadie me diga que hay determinada ropa para determinada edad.

No pelearme con la voz interna en mi cabeza, que me dice ‘un poco de botox por acá’.

No debería costarme tanto poder erradicar cualquier comportamiento machista. Y aun así, el otro día en el parque, juzgaba internamente a una niña porque estaba sola con tres chicos. //

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