Médico Julio Moreno y enfermera Vianca Yalta y fueron parte de la primera brigada que viajó a Iquitos para levantar el hospital de emergencia COVID-19. (Foto: Essalud)
Médico Julio Moreno y enfermera Vianca Yalta y fueron parte de la primera brigada que viajó a Iquitos para levantar el hospital de emergencia COVID-19. (Foto: Essalud)
Jaime Bedoya

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Gaby se llama Nélida pero no le gusta ese nombre. Por eso usa Gaby. Estudió enfermería siguiendo el ejemplo de su hermana, licenciada en el oficio. Hace dos semanas ella duerme en un sofá de un pequeño departamento en Miraflores ayudando a recuperarse del a una señora que cuando la conoció era una perfecta desconocida. Ahora el lazo que se ha forjado entre ellas es algo que opaca a la amistad. Podría decirse que se trata de un ejercicio puro de humanidad hasta las últimas consecuencias: ven juntas el programa de Peluchín y la Santa Misa. Alivios del alma mientras se procura una mejor saturación de oxígeno.

Gaby ya ha tenido Covid. Fue en un julio del año pasado, un contagio familiar, la emboscada más próxima y dolorosa. Felizmente su caso fue de los leves, con apenas dolor lumbar. Esa experiencia le dio la empatía para saber lo que siente y experimenta un enfermo de esto. Gaby duerme con un ojo abierto cerca de la señora convaleciente. Su descanso deja de ser suyo para ponerlo a disposición de su paciente. Como le enseñó su hermana, tu paciente es tu familia.

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Lo que hace Gaby callada y dedicadamente lo hacen miles de enfermeras en el Perú en este mismo momento. Son mujeres que han dejado de ver a los suyos durante meses, que voluntariamente han decidido aceptar la incertidumbre del contagio como amenaza permanente, y que no en pocos casos han dado su vida a atendiendo a otros.

Así como las enfermeras, los médicos han estado diez meses mirando a la muerte a los ojos. Han tenido que aprender sobre la marcha las maneras de cuidarse ante un mal desconocido que los ha alejado de todo tipo de certeza. Hay vidas que inevitablemente se les han escapado de las manos, y han sido testigos de como el dolor de una sola vida perdida -que desafía el más sólido profesionalismo- se ha ido convirtiendo en una pesadilla estadística. Eso sucede cuando los nombres se vuelven números. Hoy se cuentan en más de 42 mil los peruanos fallecidos. Hasta la fecha casi 300 médicos han fallecido por el Covid-19.

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Los intensivistas tienen por definición nervios de acero. Son los humanos que trabajan en ese intermedio angustiante entre vida y muerte, haciendo lo posible por alejar al paciente de la fatalidad. Las enfermeras han aplaudido y hecho bailando cumbia para celebrar la inmunización. Pero los intensivistas, los mas rudos, se han al recibir la primera dosis de la vacuna. La humanidad aflora ante el peso de su responsabilidad entre dos mundos antagónicos.

Gente como todos ellos, que ahora mismo cuidan extraños como si fueran de su propia sangre, hacen realidad el deseo de Albert Camus cuando quería creer que en las personas hay mas cosas dignas de admiración que de desprecio.

Si para algo ha servido el ninguneo respecto de las pocas pero merecidas dosis de vacunas para esta heroica primera línea, ha sido para constatar que pequeña es la miseria. Y qué grandes son estos miles de hombres y mujeres que han estado atendiendo a sus semejantes a costa de su propia salud.

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Tras convivir con la muerte a diario un helicóptero inútil y solitario vigilando un despliegue policial apocalíptico no significan nada. Detrás de eso, inmenso e inasible, está el respiro que no se quiere ver: no se está celebrando un triunfo político. Lo que se celebra es la supervivencia de la esperanza. //

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