El Rey León sigue rugiendo: la columna de Renato Cisneros.
El Rey León sigue rugiendo: la columna de Renato Cisneros.
Renato Cisneros

A falta de dos horas para llegar a Madrid decidí ver una película. Pasé largos minutos barriendo la pantalla con el índice, a la espera de que la intuición o la flojera me hicieran decidirme por alguna. No quería repetir ningún título que ya hubiera visto antes. Casi me detengo en Anabelle, el regreso de la muñeca diabólica, pero el recuerdo de unas pesadillas recientes me hizo desistir. Tampoco quise arriesgarme a una posible bazofia tipo Baywatch o Godzilla. Al final, opté por una de dibujos animados. No cualquiera, una clásica. Una que tiene su propio musical en Broadway. Una que acaba de cumplir veinticinco años y ha vuelto a ser la más taquillera en la historia de Disney. Sí, evidentemente es esa.

Nuevo adelanto de 'El rey león' decepciona a fans porque "no muestra nada nuevo" (VIDEO)
Nuevo adelanto de 'El rey león' decepciona a fans porque "no muestra nada nuevo" (VIDEO)

En 1994, jamás habría ido a verla. Tenía 18 años, vagaba en la facultad de Filosofía, me emborrachaba con cierta continuidad, escribía poesía, pasaba mucho tiempo protestando contra el mundo. Si me encerré en el cine, fue para ver Pulp Fiction o El Cuervo, estrenos más coherentes con mi espíritu levantisco de esos días (mentira, también fui a ver Forrest Gump y La Máscara, pero hasta ahí llegaban mis límites estéticos). Quizá si una chica me hubiera insistido para ver El rey león, habría cedido; sin embargo, en 1994, mi habilidad para relacionarme con las mujeres atravesaba uno de sus períodos más estériles.

Muchos amigos y conocidos la vieron ese y los años subsiguientes. No solo la vieron; la adoraron. Bautizaban a sus perros Simba o Mufasa. En varias reuniones tuve que soplarme larguísimas conversaciones acerca de la película llenas de referencias para mí incomprensibles o chistes que no me causaban gracia sobre gente a la que apodaban Pumba, Rafiki o Zazú; aunque el peor tormento, de lejos, era cuando los contertulios, al unísono, como si se tratara de un nuevo himno que los hermanaba, entonaban Hakuna Matata. Oír el famoso estribillo en lengua suajili era para mí la señal inequívoca de que había que salir disparado en busca de un bar.

Más allá de la antipatía que me suscitó entonces, es innegable que la película marcó época. Las razones son conocidas: unos personajes bien delineados, una trama con trasfondo hamletiano, una excelente banda sonora y un contundente mensaje sobre el amor, la maldad, la herencia y el destino. Esas virtudes la llevaron en su día a ganar dos Óscar, superar las expectativas de la propia Disney (cuya verdadera apuesta era Pocahontas, que se produjo en la misma temporada y se estrenó un año después) y dejar atrás los rumores de plagio, pues se decía que contenía demasiados y sospechosos parecidos con la serie animada japonesa Kimba, el león blanco, emitida en Estados Unidos en la década de los sesenta.

Es extraño llegar 25 años tarde a un acontecimiento, pero no hay tardanza real con ciertas películas, ciertos libros, cierto arte. Lo importante es descubrirlos, no importa cuándo. En su versión 2019, apela a animales reales (que uno sabe que son falsos) e inserta sutiles cambios en el guion original, pero mantiene su esencia. El que ha cambiado es uno, aunque aquí “cambiar” equivale a “envejecer”, a volverse impresionable ante señales o emociones que a los dieciocho tal vez no te movían un pelo.

En el avión, a pocas horas de volver a casa para reencontrarme con mi esposa y mi hija de dos años después de varios días de ausencia, resultó imposible no suspirar ante la muerte de Mufasa, la huida de Simba por el desierto, el reencuentro con Nala, la batalla contra las hienas guiadas por el malvado tío Scar o la presentación del nuevo heredero ante la comunidad de la jungla.

Apagué la pantalla, me hundí en el asiento con las pupilas rojas y me alisté para el aterrizaje. Mi vecino, un español de unos 70 años que acababa de despertar, se percató de mi estado y creyó descifrar mis sentimientos. “Primera vez en Europa”, interpretó, colocando una consoladora mano sobre mi hombro. Me dio vergüenza explicarle lo de la película animada, así que le mentí modulando mi mejor voz tercermundista. “Sí, caballero, primera vez”. //