El geoglifo fue labrado en las laderas de una colina en mitad del desierto de la región de Nazca. (Foto: AFP)
El geoglifo fue labrado en las laderas de una colina en mitad del desierto de la región de Nazca. (Foto: AFP)
Jaime Bedoya

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Fue descubierto de casualidad, que es una de las pocas maneras de sorprender a un gato sin recurrir a un perro.

Con intenciones de limpiar la arena, tarea aparentemente inútil pero dentro de las oportunidades que la pandemia promueve, movieron una piedra, movieron dos, movieron diez y empezó a aparecer una figura. Era un felino de casi 40 metros de largo, majestuosamente despreocupado en medio de la implacable soledad natural. Un mosaico prehistórico postulando a la inmortalidad.

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Con sigilo felino pasó desapercibido durante 2000 años. María Reiche se lo perdió. No estaba en un lugar escondido o de difícil acceso, pues se ubicaba al lado de uno de los promontorios usados para ver las otras líneas. Pero se trataba de un gato. Un animal proclive al perfil bajo y a hacer lo que le parezca sin dar mayores explicaciones.

Dicen los arqueólogos que el geoglifo es anterior a las figuras más célebres de Nazca, como el mono, el colibrí y la araña, protagonistas de naipes de misteriosa vigencia turística. Su origen es atribuido a la cultura Paracas, calculándose que fue construido en el año 200 de nuestra era. En esos tiempos, mil kilómetros al norte, un señor vestido de oro hacía beber del cactus San Pedro a los sacrificados en nombre del bienestar hidráulico Mochica. Era el Señor de Sipán.

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En esa misma época, en Europa, el Emperador romano Séptimo Severo vejaba el cadáver de su derrotado enemigo Albino. Lo desnudó para pasarle un caballo por encima, decapitándolo para enviar su cabeza a Roma y lanzar el resto del cuerpo al río Ródano. En China ya se había inventado el papel, pero faltaban más de 600 años para que se imprimiera un libro. Esto es lo que sucedía en el mundo mientras alguien dibujaba un gato en el desierto.

Su revelación añade misterio al enigma de las líneas de Nazca. Compromete las teorías sobre un posible calendario astronómico, relativizada por la terrenal actitud del animal. Parece recién despertado de una siesta, actitud que adolece del mínimo de seriedad que la astronomía requiere.

Lo mismo sucede con la hipótesis extraterrestre acerca del origen de las líneas. A diferencia de las otras figuras hechas sobre terreno horizontal que forzosamente miran hacia el cielo, el gato está dibujado sobre una ladera. No está hecho para ojos celestiales sino para la mirada humana. A esto se le suma su mirada entre festiva y burlona, de esas que dicen ampay. Irónicamente, lo perdimos de vista durante dos siglos. A menos que, según dicta la incredulidad, su origen sea tan reciente como la cuarentena.

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Por el tiempo de vida que le atribuye la arqueología este gato estuvo ahí cuando caía el imperio incaico. Estuvo ahí en la colonia, mirando como se establecían las primeras bases del cohecho nacional. Ahí sentado vio los coqueteos entre La Perricholi y el virrey Amat. Estuvo cerca cuando desembarcó un argentino para independizar al Perú. Estuvo en todos los terremotos. En la guerra con Chile. En los goles de Cubillas y el Contigo Perú. En los años del terrorismo. Cuando Susy Díaz llegó al congreso con un guarismo en la nalga, cuando Fujimori dijo haber comido bacalao, cuando Humala era el Capitán Carlos, cuando a PPK le tocaban los huevos, cuando Toledo destapaba la enésima botella antes de reclamar su saldo a Odebrecht, y cuando Richard Swing canturreaba a cappella mientras se hacía selfies en Palacio de Gobierno. Estuvo en todos los episodios de corrupción peruana sistémica, viéndolos suceder con la regularidad de un fenómeno meteorológico.

Ese gato en su tiempo de vida ha visto diez veces el bicentenario que estamos a punto de celebrar. Y como todos los gatos, mira, pero no dice nada. //

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