Renato Cisneros

hace una pausa a sus entrenamientos con el Benevento para sentarse a conversar conmigo sobre su libro recién publicado, Lapadula, mi historia, mis goles, mi sangre (sello Aguilar, Penguin Random House). Sé que no le gustan las entrevistas, lo he visto contestar con parquedad las poquísimas que ha concedido, así que me preparo mentalmente para lidiar con eventuales respuestas monosilábicas. Desde el inicio de la charla, sin embargo, el delantero se entrega a hablar de sus asuntos más privados con una generosa disposición (*).

MIRA TAMBIÉN: Que solo lo decidan ellas, por Renato Cisneros

Digamos que, si el héroe contemporáneo es migrante por naturaleza, Lapadula lo encarna a la perfección. Es llamativa la importancia del fenómeno migratorio en la gestación de la familia Lapadula-Vargas. Hablamos, en primer lugar, de las migraciones internas de ambas familias: el ‘nono’ Lapadula deja la región sureña de la Apulia italiana para establecerse al norte, en Turín; entre tanto, la abuela materna deja Paramonga para irse a vivir con trece hijos a una diminuta quinta de Barranco. En segundo lugar, tenemos la decisiva migración de Blanca, la madre de Gianluca, quien por una sucesión de azares viaja a Turín, donde un día, en un mercado, conoce al sensible joven Gianfranco, con quien tendrá tres hijos (el segundo de ellos, el número 9 de nuestra selección). Se suma a esos desplazamientos el recorrido que durante once años el propio Gianluca llevó a cabo, una suerte de road trip de un extremo al otro de Italia, para jugar en más de una decena de equipos de diversas categorías, tratando de consolidarse como futbolista. El ciclo de desplazamientos se cierra, al menos de momento, con el viaje mítico de Lapadula al Perú, país que llevaba en la sangre a pesar de no haber pisado nunca, sentimiento que solo conocen los miles de hijos de compatriotas expatriados, para quienes el Perú es un enigma, un misterio al que están unidos irreversiblemente.

Aunque el jugador no lo admite, su libro es también una contundente respuesta a aquellos aficionados confundidos que alguna vez pusieron en duda su peruanidad por rechazar la primera propuesta de Gareca para integrar la selección. En aquel momento, Lapadula prefirió concentrarse en las instancias finales del campeonato que disputaba con el Pescara en la Serie B italiana (el tiempo le dio la razón, pues gracias a esas actuaciones el Milán lo contrataría para la siguiente temporada: el propio Berlusconi lo llamó por teléfono); pero, además, no se sentía del todo listo para representar a un país cuya cultura –más allá del exquisito arroz chaufa que preparaba su madre, el Contigo Perú que cantaban sus tías cuando lo visitaban en Turín, y algunas referencias sueltas– no conocía apropiadamente. Como él dice, no quería forzar las cosas: “Todo lo que se fuerza, fracasa”. En los meses siguientes estudió español y se empapó de la historia del Perú. No faltaron, además, las benditas señales, hechos accidentales (o no) que fueron convenciéndolo de que tenía, sí o sí, que ponerse la blanquirroja, por ejemplo, aquel encuentro inesperado en el Parque Valentino de Turín con un viejo amigo peruano, que le quitó las dudas que aún lo carcomían con la frase más persuasiva posible: “¡Tienes que ir a la selección, huevón!”.

COMPARTE: No más lágrimas, por Renato Cisneros

En la trayectoria de Lapadula, las mujeres cumplen un papel fundamental, desde las abuelas Anna y Mari Tere, pasando por su madre; su hermana, Ana; su esposa, Alessia; y sus hijas Bianca, Regina y Sole. “Ser padre de tres niñas es otro deporte, uno de aventura”, dice Gianluca con una sonrisa franca, la misma que se esfuma cuando habla de la partida de Gareca o de las malditas lesiones que alguna vez lo hicieron pensar en dejar el fútbol para siempre.

El lector encontrará en estas páginas al delantero que empezó jugando con los guantes bajo el arco, al fanático de Frank Sinatra y Gino Paoli que no resiste pasar delante de un piano sin tocarlo, al fan absoluto de William Wallace (tiene tatuado el rostro del personaje, y por algo su apodo menos conocido es ‘Sir Will’), en fin, al muchacho de 32 años de grandes convicciones que sueña seguir viniendo al Perú para conocer la tierra, meter más goles, comer más causas de atún y seguir recibiendo el inmenso, merecido, cariño de la gente. //

(*) La charla con Lapadula podrá leerse mañana en el suplemento Deporte Total de este Diario.

Conforme a los criterios de

Trust Project
Saber más