"Antes que el choque de dos ideologías diferentes fue una colisión entre dos egos similares". (Foto: Composición)
"Antes que el choque de dos ideologías diferentes fue una colisión entre dos egos similares". (Foto: Composición)
Jaime Bedoya

Hay encuentros que han definido situaciones cruciales en la historia: Pizarro y Flipillo en Tumbes, Simón Bolívar y José de San Martín en Guayaquil, Ronald Reagan y Gorbachov en Berlín, y hasta La Dama y el Vagabundo en la película homónima. Estas reuniones marcaron un antes y un después.

La reunión de los primeros derribó un imperio. Los segundos decidieron un libertador. Los terceros se echaron abajo el Muro de Berlín. Los últimos revelaron las de compartir un plato de tallarines. Nada menos.

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A estos hitos había que agregar uno contemporáneo: el encuentro . Si bien acabó derivando hacia la farsa y la vergüenza ajena, puede ser que esconda la clave de nuestro encrespado conglomerado social.

La grosera y evidente falta de empatía entre ambos -a pesar de ser de la misma talla, primera camaradería ignorada- tuvo el morbo como punto focal. Invitaba a verla con la misma impudicia que se mira un accidente de tránsito.

Antes que el choque de dos ideologías diferentes fue una colisión entre dos egos similares. La suma de las partes dio lugar a una síntesis curiosa, aunque posiblemente adefesiera.

Impresentable es aquel que tenemos reparos en mostrar o exhibir, pues su relacionamiento provoca vergüenza. Engloba ese malestar de ser visto en compañía de una presencia inconveniente. Esta turbación del ánimo abarca diversas esferas.

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La vergüenza de lo impresentable existe desde su versión más estúpida, la racial o social, diagnosticada como complejo. La pigmentación de la piel no hace mejor ni peor a nadie. La ropa cara tampoco, tal como lo demuestra Chibolín sin que nadie se lo agradezca.

Pero esta higiene del pudor tiene una versión justificable, la vergüenza moral. , por ejemplo, es alguien que una persona de bien difícilmente elegiría para ir a ver el sunset.

El inimputable le toma prestada su clasificación a la realidad judicial. Se aplica al que por anomalía síquica o alteraciones perceptivas ve afectado su concepto de la realidad.

El inimputable político, a su vez, no tiene conciencia ni mide las consecuencias de sus actos. No se da cuenta que una de una autoridad, hecha para congraciarse con la audiencia de turno, genera una catástrofe vía oral. Se dispara el dólar, sube el maíz, el pollo, se jala todo el mantel del bien pasar doméstico. El presidente Castillo es la figurita Panini de esta categoría.

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Finalmente, el indefendible es aquél al que solo le queda el perdón de dios. No hay manera de justificar su mala leche o descriterio: sabe lo que está haciendo. Como utilizar un velorio para hacer propaganda política, por ejemplo.

Fue indefendible el espectáculo brindado por el congresista Bellido y la periodista Oxenford esa noche digna de halloween.

Este fue su aporte al debate: establecer la diferencia entre el pelo pintado y el pelo teñido, remarcar la distancia entre Argentina y Chumbivilcas, y seguir dándole cuerda al enfrentamiento estéril entre serranos y pitucos, pernicioso eje de campaña de Perú Libre. Que a su vez es un discurso populista que sigue ocupando el espacio de un inexistente plan de gobierno.

Y lo incomprensible de este episodio indefendible, es que muy probablemente tanto el señor Bellido como la señoras Oxenford hayan votado igual.

Salvo error u omisión.//

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