Renato Cisneros

La reciente disolución de la Academia de la Lengua de Nicaragua ha sido condenada con energía por la comunidad intelectual hispanoamericana. El martes pasado, la asamblea nacional de ese país, controlada por el régimen dictatorial de y Rosario Murillo, sin debate alguno, cerró la institución de 94 años de existencia “por no declararse agente extranjero”. Esa es, desde luego, una triquiñuela. La razón de fondo es que, para los sandinistas, la Academia –junto con otras instituciones sin fines de lucro, también desactivadas jurídicamente– venía complotando con Washington para tumbarse al gobierno, es decir, cumplía el papel de agente encubierto de Estados Unidos. Una tesis más cercana a la paranoia que a la imaginación.

“Es un acto de barbarie que demuestra enemistad con la cultura y que se suma al cierre y la cosificación de varias universidades. Es el único caso que se ha dado en la historia de las academias de la lengua establecidas en España, América Latina y Estados Unidos”, ha advertido desde Madrid el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, Premio Cervantes, tenaz opositor al gobierno de Ortega, sobre quien pesa una orden de captura desde septiembre del 2021.

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Acostumbrados a silenciar periodistas y cerrar medios de comunicación (o inventar sistemas paralelos de prensa), los dictadores de la región hasta ahora no habían perpetrado un ataque tan directo a una estructura intelectual. Como bien reseña el ensayista colombiano Carlos Granés en el diario ABC, incluso tiranos como el dominicano Rafael Trujillo, Fidel Castro o Hugo Chávez, en lugar de deshacerse de escritores e intelectuales contrarios a sus gobiernos, buscaban la manera de torcer sus voluntades, de atraerlos a su bando. Para Granés, lo ocurrido en Nicaragua solo puede entenderse como un mecanismo de aislamiento para seguir engañando a la sociedad. “Cualquier institución que les recuerde a los nicaragüenses que pertenecen a una comunidad más extensa, será por eso atacada”, observa.

La historia política latinoamericana es lamentablemente fecunda en ejemplos de cómo los líderes autoritarios han intercambiado métodos de represión cuando les ha hecho falta, así que este cierre arbitrario debe tomarse como una advertencia regional. La lengua, finalmente, es un patrimonio común, y todos aquellos que aprendimos a amar el castellano escuchando a los mayores recitar a Rubén Darío o leyendo a Ernesto Cardenal hoy tomamos esta afrenta contra las letras nicaragüenses como un asunto no gremial, sino personal.

“Ortega ha desahuciado a una institución que resguarda, investiga y preserva la obra de autores fundamentales de la literatura latinoamericana”, ha puntualizado la escritora y periodista venezolana Karina Sainz Borgo, mientras la reconocida Gioconda Belli se ha pronunciado vía Twitter diciendo: “Tras 94 años, esta dictadura no logrará de un plumazo borrar el aporte que la Academia ha significado para el país. Llora Rubén Darío por estos bárbaros”.

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Cuando un dictador intenta cancelar la lengua, lo que en el fondo busca es cancelar el relato, es decir, borrar la historia, quebrar la memoria de un pueblo. Los dictadores detestan la memoria. No les interesa que subsista un relato histórico que pueda dejarlos mal parados de cara a la posteridad. Menos aún les gusta que las personas se reúnan en libertad a reflexionar acerca del pasado y discutir sobre los excesos de las tiranías. Toda entidad que ejerza la crítica, estimule la convivencia democrática y denuncie los abusos del poder es enemiga de las dictaduras, pues las confronta, las desestabiliza. Hay quienes opinan que la dupla Ortega-Murillo no es consciente del daño que ha provocado con el cierre de la Academia de la Lengua; pienso que es al revés, saben perfectamente lo que esto significa y eso hace que la medida sea aún más perversa.

Pero la desolación por esta pérdida solo puede venir acompañada de un espíritu combativo. Todas las personalidades que han reaccionado coinciden en que toca seguir criticando estos actos de salvajismo e ignorancia. Poner el dedo en la llaga, no callarse. Esa es la consigna. Podrán cerrar una academia, pero la lengua sigue viva, larga y suelta.

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