Renato Cisneros

El noruego Magnus Carlsen es, desde hace una década, campeón mundial de ajedrez. Tiene 31 años, pero es Gran Maestro desde los 13, una precocidad que en su día le valió ser apodado el ‘Mozart del Ajedrez’. Aunque solo en parte, su genialidad se debe a un coeficiente intelectual de 186 (solo un punto menos que Einstein).

Según el muy autorizado portal Chess24, el noruego es el segundo mejor jugador del Salón de la Fama, de todos los tiempos, por encima del mítico Bobby Fischer y solo detrás del legendario maestro Garry Kasparov, con quien ha jugado en tres ocasiones: una vez ganó el ruso, las otras dos quedaron tablas.

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Lejos de la sosa caricatura de nerd introvertido que suele atribuírsele a los exponentes del deporte-ciencia, Carlsen luce más como un empresario independiente, cool y exitoso; de hecho, es suya la firma Play Magnus AS, orientada a desarrollar aplicativos relacionados con el ajedrez, tasada en unos 80 millones de euros. Su aura de chico bueno pero sexy, por otro lado, fue bien capitalizada por la marca de jeans G-Star Raw, que lo convirtió en el rostro de una campaña publicitaria junto a Liv Tyler.

También fue incluido en una lista de “las celebridades más deseadas” de la revista Cosmopolitan. Por si fuera poco, sus redes están colmadas de fotos donde se le aprecia en constante actividad social, jugando vóley, tenis o fútbol. Fue gracias a su declarada simpatía por el Real Madrid que lo invitaron dos veces a dar el play de honor en el Bernabéu.

La vida del invencible y carismático Magnus iba tal vez demasiado viento en popa como para no prevenir la colisión. El inesperado golpe ocurrió hace dos meses, cuando Hans Niemann, un imberbe, melenudo californiano de 19 años, puso fin a su invicto de 53 partidas. Ocurrió durante la tercera ronda del campeonato Copa Sinquefield, en Missouri, Estados Unidos. El noruego encajó tan mal la derrota que se retiró del torneo, un gesto inédito en su carrera. Niemann no desaprovechó la oportunidad para echar leña al fuego y machacar el ego de Carlsen declarando, según Vanity Fair: “Debe de ser embarazoso para el campeón del mundo perder contra un idiota como yo, ¡me siento mal por él!”.

El episodio alcanzó niveles de escándalo sin precedentes cuando, a fines de septiembre, Magnus acusó formalmente a Niemann de haberle hecho trampa, aunque sin presentar pruebas. Es verdad que el joven norteamericano reconoció previamente que años atrás, en su adolescencia, había incurrido en faltas y deslices, pero aseguraba que era cosa del pasado y que esta vez había ganado legalmente. ¿Cómo se produjo el engaño del que Magnus Carlsen dice ser víctima? La teoría más ventilada en redes es que Niemann habría obtenido ayuda de unas ‘perlas anales’ que emiten señales en clave morse mediante vibraciones. Así como se lee. Hablamos de un dispositivo electrónico que el jugador norteamericano se habría insertado en el culo para ser monitoreado desde el exterior por un cómplice y así adelantarse a los movimientos del noruego.

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La hipótesis suena algo descabellada, pero ha sido respaldada por cientos de personas, entre ellas el millonario Elon Musk, quien señaló vía Twitter que “es posible” que Niemann haya “utilizando bolas anales inalámbricas”. El acusado respondió socarronamente diciendo que, si era necesario, para que nadie dudara de su credibilidad, jugaría desnudo las partidas que le faltaban del torneo de Sinquefield. Los organizadores no hicieron eco de tal propuesta, pero ordenaron que, antes de su siguiente presentación, el californiano sea sometido a un riguroso escaneo para descartar la presencia de cualquier adminículo sospechoso.

La comunidad de Grandes Maestros se ha divido ante la controversia. Unos apoyan ciegamente a Magnus, otros afirman que es un paranoico que no sabe perder. Niemann ha reaccionado al jaleo demandando por difamación al todavía campeón mundial, exigiéndole una reparación de 400 millones de dólares por los “daños devastadores” que ha provocado a su reputación y su vida.

Mientras la novela evoluciona hacia distintos finales probables, los fanáticos del ajedrez parecen haber descubierto, con más sorpresa que deleite, los novísimos estímulos, ya no solo cerebrales, de su deporte favorito. //

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