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Jaime Bedoya

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Somos las mascotas de nuestras mascotas. Al margen de los múltiples beneficios emocionales y las horas de noble alegría que regalan, desde el momento en que se recibe un cachorro se firma un pacto tácito e indesligable: nuestras vidas quedan al servicio de las suyas.

El juguetito, la mantita, la chompita, son las primeras señales de esta subordinación y usufructo. Pero lo más determinante de esta entrega, pues involucra el único bien imposible de recuperar, es la salida al parque. En ese trance al supuesto amo se le va media vida.

Estas salidas puntuales e impostergables consumen el tiempo con paciente voracidad, masticándolo poco a poco. En circunstancias naturales podría tratarse de una práctica zen de altos beneficios respiratorios. Pero en apretados tiempos de urgencias pandémicas se convierte, especialmente para los profesionalmente atareados, en una abierta provocación. Vaya al diablo el perrito y la calandria, como inexplicablemente dice el vals. O, de manera más directa, anda paséate solo.

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Dicho momento de gran trascendencia canina es eufemísticamente camuflado bajo propósitos nobles. Suele presentarse como un elegante homenaje vivencial al contacto con la naturaleza. Mentira. En realidad, se trata de un evento que gira en torno al gozo primario de la evacuación líquida y sólida, casi siempre en ese orden. Lo primero es la instintiva marcación territorial, lo segundo el universal alivio, puro y duro. La caca y la pila se elevan a la categoría de ritual laico y ceremonia cuadrúpeda. En la cual los amos se someten a una responsabilidad sin dominio: no deciden nada, pero recogen todo.

Es así que no pocos y graves Zooms laborales han transcurrido, ante desconocimiento del resto de la concurrencia, frente a la escena de un can pujando. Con ese incomparable pudor de reojo que los hace adorables hasta en esos momentos.

Pero estos forzados periplos han ofrecido también, en virtud del confinamiento humano, la posibilidad de escuchar lo que oyen los perros decir a los humanos (sin interés alguno) mientras alivian el intestino.

Durante decenas de horas muertas asistiendo servilmente en sus necesidades a la pequeña Frida -bulldog francés-, la cercanía de las ventanas a un parque cerrado ha facilitado la recolección de una breve antología de infidencias.

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- Tenemos que ir a la marcha, así sea en buzo. ¡No podemos dejar que nos gobiernen los comunistas!: escuchado una mañana de sábado, temprano. Una voz varonil replicó algo que sonó como ¿sigues con eso? Frida tuvo una evacuación cremosa y sin contratiempos.

- A la izquierda caviar le ha nacido una nueva facción, la izquierda Chita a la sal: viernes, poco menos de las 9 pm. Según la leyenda ponerse legañas de perro te hacen ver fantasmas. Frida ve algo de noche. Se queda quieta y gruñe al vacío, a lo oscuro.

- Ya no le encuentro la gracia a Juliana: martes por la noche. La televisión dejaba escuchar la voz de la señora Oxenford hablando de si misma en relación con otro tema (¿el Covid?). Frida dejó de orinar distraída por una ardilla que la miraba desde lo alto. Las odia con fervor.

- Hace rato que Cerrón se lo almorzó. El otro pata es solo un sombrero: jueves, 7 am. Empleados municipales daban cuenta de tamales mientras dejaban que la acequia anegue el parque. Frida confiaba en que le invitaran un bocado, o se les cayera un pedazo. No sucedió ninguna de las dos cosas.

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- ¿Te das cuenta de que ya no tenemos nada de qué hablar?: domingo, mediodía. Traspasando las cortinas de la ventana brotaba un provocador aroma a salsa boloñesa. Frida elevó el hocico como si pudiera comer con la nariz. //

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