"La mañana previa habíamos ido a ver Sin tiempo para morir, la última de James Bond, su héroe favorito [...] La sala estaba libre para los dos". Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
"La mañana previa habíamos ido a ver Sin tiempo para morir, la última de James Bond, su héroe favorito [...] La sala estaba libre para los dos". Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
Renato Cisneros

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Eran las nueve de la mañana cuando contesté la llamada de mi madre. “Me han robado la plata”, me contó llorando. Entre balbuceos alcanzó a explicar que el canguro donde guardaba el íntegro de su bolsa de viaje –y que ella, precavida, escondió debajo del colchón la noche de su llegada al apartamento– había desaparecido. Intenté sonar seguro cuando le dije que iba para allá, que encontraríamos la solución. En el fondo no tenía idea de qué hacer, de cómo actuar. Entré a Google y digité tres palabras: “robos”, “Airbnb” y “Madrid”. La cifra de resultados era superior a cuatrocientos mil.

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Mi madre se echó a llorar a mis brazos apenas me vio. Removimos muebles y revisamos maletas. Ni rastro del dinero. La puerta no mostraba signos de haber sido violentada: el autor no podía ser otro que el hombre que nos había entregado las llaves la mañana en que la acompañé a hospedarse. “Ese tipo tenía cara de pillo, él ha sido”, especuló ella, indignada, sin dejar de sollozar. De pronto cobró sentido la extraña indicación que el sujeto me dio aquel día: “Solo hay que usar la cerradura de arriba”. Me fijé que ni el departamento ni el edificio contaban con cámaras de seguridad. Todo parecía estar diseñado para desfalcar a los viajeros de paso.

“Estoy segura de que ha entrado ayer, cuando fuimos al cine”, murmuró mi madre, “al volver noté que las sábanas no estaban en la misma posición en que las dejé”. En efecto, la mañana previa habíamos ido a ver Sin tiempo para morir, la última de James Bond, su héroe favorito. Fuimos a las 11 a.m. La sala estaba libre para los dos. Fue un momento magnífico, una regresión a la casa de mi infancia, a los momentos en que juntos veíamos en la tele a Roger Moore interpretar al 007. A ella, Moore nunca le convenció, aseguraba que Sean Connery era mil veces más guapo y más creíble y que Operación Trueno era insuperable (años después cambiaría de opinión tras ver Skyfall), pero igual se sentaba conmigo a ver al bronceado Moore en Octopussy o Panorama para matar. No se perdía ninguna. Hasta se jactaba de haber visto en los setenta, en Buenos Aires, Al servicio secreto de su majestad, la única película que hizo el australiano George Lazenby, el Bond más efímero. Desde luego vio todas las de Timothy Dalton, las de Pierce Brosnan y las de Daniel Craig, pero ninguno, salvo por contadas escenas, hizo peligrar jamás su devoción por el sobrio y elegante señor Connery.

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Eso necesita mi madre, me di cuenta de repente, un detective encubierto que persiga al ladrón en su auto convertible, le dé su merecido con certeros golpes de full contact y recupere el dinero que durante meses ahorró con ahínco para venir a visitarme; a cambio solo disponía de un nervioso hijo cuarentón, cuyo único plan consistía en correr a la comisaría para presentar la denuncia.

Abandonamos el departamento con una opresiva sensación de derrota. Durante dos cuadras nos quedamos callados. Si el robo se hubiera producido al final de su viaje, después de disfrutar las vacaciones por España, quizás el incidente habría resultado menos dramático, pero era deprimente que ocurriera a solo tres días de su llegada desde Perú. Antes de acudir a la policía le pedí que me dejara revisar su equipaje con detenimiento: quizá la ansiedad nos traicionó la primera vez. Ella aceptó con desgano. En eso andaba, inspeccionando cada compartimento y cada prenda –admirando por primera vez la escrupulosidad con que mi madre ordena sus maletas– cuando en el bolsillo interior de su impermeable (una división de difícil acceso) palpé un bulto. Era el bendito canguro con el fajo de billetes intacto. Nos sorprendimos, nos abrazamos, nos echamos a llorar y luego a reír por nuestros absurdos prejuicios hacia el pobre señor que nos entregó las llaves y, en general, por la mala película de suspenso que ambos elucubramos para tratar de explicar la ausencia del dinero. Entendí entonces que con la hipótesis del robo, mi madre buscaba inconscientemente negar un despiste de su memoria; eso me dejó intranquilo. Lo bueno fue que la plata apareció, las vacaciones se salvaron y durante un instante ella me miró como si fuese ni más ni menos que Bond, James Bond. //

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