Renato Cisneros

Harto de vivir en una ratonera de 45 metros cuadrados junto a su esposa, Ricardo decidió invertir todos sus ahorros comprando un departamento bajo una modalidad que no conocía: nuda propiedad. Gracias a ella, los propietarios mayores de 65 años ponen en venta sus inmuebles a un precio notoriamente más bajo que el del mercado, y a cambio obtienen liquidez para mejorar su jubilación y, lo más importante, un contrato vitalicio que les permite disfrutar de su casa todo el tiempo que les reste de vida.

Cuando Ricardo conoció a don Venancio Calderón, dueño del piso que acababa de adquirir, pensó que había cerrado un negocio redondo. El anciano de 78 años se apareció en la notaría en silla de ruedas, acompañado de una enfermera. Al volver a casa, Ricardo le comentó a su esposa: “Se le ve muy mayor”. Su abogado fue más claro: “No le doy ni tres meses”. El matrimonio comenzó entonces a hacer planes sobre cómo dispondría de ese amplio departamento de 120 metros cuadrados con amplia terraza, apenas el hombre falleciera. Ricardo, desde siempre una persona de buen corazón, ahora luchaba contra los pensamientos crueles que brotaban de su mente con naturalidad. “¿Se morirá hoy?”, se preguntaba todas las mañanas en silencio, avergonzado.

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Unas semanas después, se detuvo en las inmediaciones del edificio de don Venancio. Quería recorrer el que sería su próximo barrio, tomar nota de los establecimientos y servicios, aclimatarse para cuando fuera parte del vecindario. Enorme fue su sorpresa cuando, al girar en una esquina, vio a don Venancio en malla y zapatillas haciendo footing alrededor de un parque. Pensó que se había confundido, pero minutos después se cercioró de que se trataba del mismo personaje. “Corre más rápido que tú y yo juntos”, le dijo a su abogado esa misma tarde. Este comentó: “Debimos obligarlo a una revisión médica antes de firmar”.

Durante dos meses, Ricardo continuó espiando las rutinas de don Venancio, convenciéndose de que presentaba un excelente estado físico. Pero, además, su ritmo de vida, gracias a los miles de euros que Ricardo desembolsó en la transacción, había cambiado drásticamente: lo veía entrar y salir de restaurantes exclusivos, de la ópera todos los jueves, de museos y tabernas, casi siempre en compañía de una mujer muy parecida a la enfermera.

El tiempo pasaba y la esposa de Ricardo empezaba a perder la paciencia: ¿cuándo se mudarían? ¿Cuándo llegaría la noticia de la muerte del abuelo? “Si en cuatro meses no se muere, me largo”, lo amenazó.

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Una mañana, Ricardo –que se había vuelto un asiduo lector de la página de obituarios del periódico– encontró una esquela que anunciaba el deceso de un hombre cuyos apellidos se correspondían con los de don Venancio. Llamó ilusionado al departamento, pero fue el propio anciano quien despejó la duda sobre la identidad del muerto: “Es mi hermano mayor. Ya estaba mal, tenía 101 años”. Ricardo pensó en la longevidad de esa familia y se golpeó la frente contra la pared. “Este viejo no va a morirse nunca”, suspiró.

A falta de una semana para que se cumpliera el plazo impuesto por la esposa, Ricardo, angustiado, sin permitirse las dudas cristianas de otro tiempo, consideró la salida más extrema: provocarle a don Venancio una muerte ‘accidental’. Sin embargo, no se le ocurría una manera certera de poner su plan en marcha: ¿empujarlo en la carretera?, ¿atropellarlo en moto?, ¿contratar a un sicario?

La mujer cumplió su palabra y huyó de la ratonera, desapareciendo de la vida de su marido. Ricardo se encontraba allí la mañana en que quedó tieso luego de que se le reventara una vena del cerebro. Nunca pudo mudarse a la propiedad en la que había dilapidado su ahorros. Don Venancio superó a su hermano y murió a la venerable edad de 102 años, récord varias veces celebrado, en la amplia terraza, por los nuevos moradores de la vivienda: la enfermera y el abogado. //

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