Jaime Bedoya

Tenía que ser mujer, es la típica y despectiva manera en que el macho de rigor se refiere a la señora que ose importunarlo o ponerlo en su sitio. La misma frase, sin embargo, en un contexto ajeno al reproche prejuicioso podría remitir a lo virtuoso.

Las mujeres son más valientes que los hombres. Desde niñas sienten la cancha inclinada. Un hombre, un hombre político, un hombre político del Perú para mayor tristeza , posiblemente hubiera transado con el poder de turno. Entre la mala conciencia, el rabo de paja y el miedo a la represalia habría encontrado el atajo habitual que le ha dado mala reputación a la nobleza implícita detrás de un pacto de caballeros.

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No es lo que ha sucedido con la Fiscal de la Nación. Su respuesta ante la presión política y personal con la que un presidente ahogado en testimonios incriminatorios ha querido neutralizar su trabajo ha sido el coraje. Y una operación de ingeniería judicial llamada Valkiria II: 200 policías y 60 fiscales allanando casas y oficinas de Los Niños y deteniendo a cinco asesores presidenciales en la sombra. Un golpe certero al sistema nervioso de una organización delincuencial. Ni los semáforos funcionan con esta precisión en el país.

Pero no. La hermana es sospechosa. La acusación no tiene futuro. Todos siempre roban. Esto lo maneja la prensa. Una serie de muletillas que pretenden negar lo factual: son los propios colaboradores presidenciales quienes lo están delatando. El los llevó a palacio. El los metió al negocio. Ellos lo han traicionado.

Huir o pelear son las dos reacciones inmediatas que el sistema nervioso gatilla ante una amenaza. Se sostiene que esas repuestas son adaptaciones evolutivas que han aumentado el margen de supervivencia a la especie. El sistema ha funcionado perfectamente para los corruptos. Siguen aquí.

Para huir, el presidente debe tener al avión presidencial esperándolo en el grupo 8 con el tanque lleno. Huir es lo que ya han hecho tres de sus allegados y presuntos cómplices, el exministro Silva, el sobrino Fray que a veces es Lay y Segundo Sánchez, el dueño de Sarratea, esa oficina alterna donde el impoluto maestro rural oprimido históricamente durante 200 años se transformaba en el cabecilla de una organización criminal que , , de testigos, para nombramientos y para no dejar huella. Luego se ponía el sombrero y volvía a ser puro.

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Pelear es una actividad que se puede ejercer con honor o con vileza. Para lo primero hay que estar conciliado del lado de la integridad y la razón. No es el caso del presidente y su corte, que flagrantemente recurren a la victimización y a a la hora de atacar a sus denunciantes en vez de responder a las denuncias. Para esto incurren en una versión pornográfica de la sobonería que va a dejar una valla alta para los chupamedias del futuro.

El espectáculo es patético y desvergonzado, un pantano de populismo ineficiente y tóxico donde los culpables son siempre otros. No existe el mínimo asomo de asumir la propia responsabilidad, pues supone cárcel. Ahora hay un puñado de cómplices en la Prefectura que deben estar pensando si vale la pena seguir siendo leal a una farsa que se cae sola o ya es tiempo de pensar en sus familias.

Lo más deprimente, por previsible, es que hay algunos que aún creen en la irrisoria versión presidencial. Para convencerse de ello relativizan el tema incluyendo a Keiko, Alan, Toledo, la colonia, Felipillo, el hombre de Lauricocha y la primera ameba que se arrastraba sobre el suelo cuando esta tierra aún no era país. Es la condescendencia ideológica al cubo, la terrible tara de refugiarse en que siempre ha sido así que nos tiene atrapados en una mediocridad cíclica y sin salida. Mientras, Antauro Humala prepara un incendio con la versión más bárbara y prehistórica de lo mismo.

Si Castillo se apellidara Fujimori las calles de Lima estarían exigiendo ferozmente justicia ante la corrupción impúdicamente ejecutada en nuestras narices. Pero no, ¿para qué? Siempre ha sido así.


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