Jaime Bedoya

Cuando el cuerpo del delito es un plátano, el delito ha de ser realmente miserable. Los hechos en cuestión apuntan a un espectador que hace unos días en el estadio Monumental le lanzó una baya alargada de diez a quince centímetros de longitud, algo encorvada y de corteza amarilla, a un jugador de piel alta en melanina. En versión corta y policial, le arrojó un plátano a un negro. Tal es el penoso código barrabravista internacional para decirle a una persona que ser negro es ser simio.

Los días posteriores se dio un surreal intercambio de declaraciones del club anfitrión en torno al plátano, su remitente y el destinatario. A esto se le sumó la de si el jugador negro provocó el ataque frutal, en un debate tipo el huevo y gallina, pero en clave racista: ¿quién fue primero, el negro o el plátano?

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Esto parecía una maniobra típica propia de la necedad, estado de orfandad intelectual afín a la discriminación, o simplemente la vuelta en círculos de alguien que quiere ganar tiempo en torno a una fruta.

Gracias a la utilización de tecnología visual de vanguardia (una cámara), no pasó mucho para que el presidente del mencionado club hiciera un anuncio que debería quedar tallado en las paredes de ese estadio, tanto a manera de vergüenza como de ridiculez:

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(Perú, siglo XXI)

El lanzamiento de plátanos a manera de insulto racista goza de tristes y repetidos precedentes en el fútbol contemporáneo. Como es usual cuando lo que prima es la ofensa antes que la verdad, según la cual los monos se alimentan de plátanos se apoya más en la dieta de circo y de zoológico, antes que en la dieta natural del hábitat animal. Un animal enjaulado se come lo que le den. Y hasta fuma, como le enseñaron a un chimpancé del Parque de las Leyendas. El mono fumador fue el deleite de las familias limeñas los domingos, alegría de terceros que le debe haber provocado el cáncer de pulmón más grande de su especie.

Antes el racismo futbolístico era menos metafórico y más frontal. En la Copa América del 2016, luego que Chile fuera arrollada por cuatro goles contra cero por la selección uruguaya, su federación – siempre haciendo méritos para ganarse la simpatía del mundo- presentó una queja aludiendo que Uruguay había presentado una selección con deportistas “africanos”. Los chilenos se referían a los jugadores uruguayos afrodescendiente Juan Delgado e Isabelino Gradín. Nadie les hizo caso. Uruguay campeonó, Gradín fue el goleador del torneo y el día de la premiación le dijo a Delgado “negro, no se me arrime que no quiero tratos con africanos”. Para mayor desagravio el poeta peruano Juan Parra del Riego le dedicó un poema: :

Palpitante y jubiloso,

como el grito que se lanza de repente a un aviador,

todo así, claro y nervioso,

yo te canto, ¡oh, jugador maravilloso!

Se han hecho multitud de campañas para luchar contra el racismo, varias de ellas recurriendo al arrastre e influencia de jugadores de futbol, pero los plátanos siguen cayendo de las tribunas. Lo que hace pensar en si el racismo tiene remedio o se trata de una taradez implícita a la especie, transversal e irremediable.

Para mayor desconcierto cromático, el insulto platanero ha logrado el cruce racial pues le han tirado plátano al , más blanco que la hoja donde quedará el legado de este gobierno. Sus rivales lo insultan diciéndole “mono blanco”.

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Lo más inteligente que se ha hecho con un plátano lanzado desde la tribuna fue lo que hizo el brasilero Dani Alves. Lo recogió y , aprovechando su magnesio en la prevención de calambres. Irónicamente, el objeto del insulto es una fruta que favorece la práctica deportiva. Tiene sentido. El cimiento del racismo es la ignorancia.

En esta confluencia simultáneamente nutricional y ofensiva es donde el piso es resbaloso. La selección española de fútbol, una de las favoritas en Qatar, ha elegido como del equipo al polémico plátano. Al plátano de Canarias, además, que es el plátano original que los españoles llevaron a América, juntos con esclavos africanos, en el siglo XVI. Su joven y brillante centrocampista, el canario Pedri, es la cara de la campaña proplátano con denominación de origen.

La promoción incluye con los rostros de los jugadores envolviendo la fruta tropical. El problema será cuando confirmen en la selección española al jugador natural de Guinea que llegó niño a Sevilla con el nombre legal de Annsumane Fati Vreira. Letal y escurridizo delantero izquierdo, es más negro que uña de minero, más oscuro que las intenciones de Castillo con la prensa, más opaco que la dignidad del Canciller Landa. Y esto no es racismo, es símil.

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