Renato Cisneros

Esta columna se escribe hoy, 28 de junio, pero recién se publicará el sábado 2 de julio. Hago la salvedad porque este viernes (ayer para los lectores) Netflix estrenará los dos últimos capítulos de la cuarta temporada de . Quizás algunos de ustedes, los más fans de la serie de los hermanos Duffer, al leer este texto ya hayan visto esos capítulos restantes (“Papá” y “El huésped”) y conozcan el desenlace. Yo me he quedado en ascuas, aún tengo en la retina la batalla sin concesiones entre Eleven y Henry en uno de los ambientes del laboratorio de Hawkins, cuyas impecables mayólicas blancas quedaron súbitamente manchadas de sangre. Ayer, después de ver el séptimo capítulo, por un momento coincidí con Stephen King, quien hace unas semanas opinó en Twitter que la cuarta temporada es “genial, tan buena o mejor que las tres anteriores”, pero calificó de “aburrido” el hecho de que la hayan dividido en dos volúmenes solo por generar expectativa (ahora se sabe que se debió a un motivo puramente técnico: los capítulos 8 y 9 tardaron más en rodarse).

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Una de las razones por las que Stephen King ha adorado esta cuarta entrega son, sin duda, las referencias a su novela Carrie (llevada al cine en 1976), en particular cuando un grupo de colegiales deja en ridículo a Eleven lanzándole un batido en la cabeza: alusión directa a la escena climática de Carrie y el balde con sangre de cerdo. Esta vez, el acostumbrado homenaje de los hermanos Duffer a clásicos de finales del siglo veinte incluye una generosa selección, desde El silencio de los inocentes (la secuencia del pasillo es igual de escalofriante que la protagonizada por Jodie Foster) hasta Juegos de Guerra, pasando por El Aro, Apocalypse Now, Saw y Pulp Fiction, entre otras.

En la mayoría de casos se trata de guiños puntuales, pero si hay una película ochentera evocada con persistencia es, sin duda, Pesadilla en Elm Street, y no solo porque el nuevo villano, el esperpéntico y psicológico Vecna, se comunica con sus víctimas a través de sueños y mediante una voz áspera, bronca, muy similar a como hacía Freddy Krueger, sino porque el mismísimo Robert Englund, el Freddy original, participa en un capítulo interpretando al perturbado (y perturbador) doctor Victor Creel. También encontramos algo de memorabilia musical: si en la tercera temporada de ST brilló el tema Never ending story (track principal de la entrañable La historia sin fin, de 1984), ahora se recupera Running Up That Hill, hit de 1985 de la cantautora británica Kate Bush, no solo como tema de fondo sino como un conjuro capaz de salvar vidas. Eso explica por qué a inicios de junio la vieja canción de Bush permaneció varios días en lo alto de iTunes en Estados Unidos.

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Más allá de esos tributos, y aun sin haber visto los dos capítulos de cierre, no creo equivocarme si digo que esta es, con diferencia, la mejor temporada de la serie (no por algo viene rompiendo los récords de audiencia de El juego del calamar, que parecían invencibles). Un poco por la manera en que el pasado cobra relevancia, y por cómo se nos explica el origen de toda la malignidad que impera en Hawkins. Hay algo más: a lo largo de los capítulos predomina un terror dramático muy logrado, tan angustiante por momentos que hasta el espectador más fogueado en el género se sorprenderá a sí mismo quitando la vista de la pantalla o mordiéndose los nudillos de las manos. Esa presencia del terror (presente tanto en las acciones del mundo ‘real’ como en el universo paralelo del revés) no implica un repliegue total del tono sarcástico, que es un sello de los hermanos Duffer.

Sucede solamente que los niños han crecido y, junto a ellos, la capacidad de los guionistas para sacarle provecho narrativo a las fortalezas, debilidades y contradicciones de la adolescencia. Si algún lector no ha visto nunca Stranger Things, le pido encarecidamente que no se prive de esa experiencia. Yo cruzo los dedos para que la anunciada próxima temporada no sea la última, como se especula. Mi salud mental depende de ello. ¿Les parece exagerado? Contestaré con palabras de la maravillosa Winona Ryder haciendo de Joyce Byers: “No me importa si nadie me cree”. //

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