Renato Cisneros

Es lunes poselecciones y enciendo la computadora para entrevistar a una dupla de analistas sobre los resultados de la votación. La conversación transcurre en medio de un inevitable desánimo, no por la victoria puntual de un personaje o de otro, sino por la sensación de podredumbre general, de ruina estable, de indiferencia ciudadana ante el ya normalizado espectáculo de ver cómo el país rueda cuesta abajo.

Agradezco a ambos invitados por sus opiniones y doy pase a la siguiente. Es la gran Susana Baca. Susana Esther Baca de la Colina. De saque nomás, su sonrisa ilumina la pantalla, la traspasa, su energía llega al otro lado. Un efecto similar consigue con la suavidad de su voz, la forma cadenciosa en que agrupa las palabras, la serenidad de cada uno de sus gestos. Entonces, mientras la escucho hablar de su cuarta nominación a los Grammy Latinos, del primer volumen de sus memorias recién publicado, Yo vengo a ofrecer mi corazón (Plaza & Janés), y del concierto que dará hoy, sábado, en el Gran Teatro Nacional, logro evadirme mentalmente unos segundos para comprender la magnitud del personaje que tengo enfrente.

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Pienso en la mujer detrás del nombre, en la niña que creció en la estrechez de un callejón de Lince; la hija de la aguerrida doña Carmen, que cocinaba manjares para grandes familias y que al bailar concentraba las miradas de todo su vecindario; la hija de Ernesto, don Baquita, chofer de los Nicolini, jaranero contumaz, el más diestro con la guitarra y el cajón, que se marchó de casa cuando Susana no había cumplido cinco años.

Pienso en la niña que, pese a sufrir duros episodios de discriminación en el colegio por ser negra –tanto así que doña Carmen tuvo que cambiarla de escuela–, nunca reaccionó con odio hacia sus agresores ni hacia nadie que ostentara los privilegios de los que ella carecía. Pienso en la pequeña enjuta, bajetona, asmática, que extrañaba a su padre día y noche, y también a su madre, que durante una temporada pasaba mucho tiempo ayudando a una familia japonesa que se refugiaba en una casita de Chorrillos, escapando de una sarta de fanáticos que no se daban cuenta de que la guerra ya había terminado hace tiempo.

Pienso en la joven que estudió para ser maestra en La Cantuta, donde comenzó a tratar a poetas y escritores. Y en la maestra, que cruzaba la cordillera para dar clases en las alturas de Tarma. Y en la artista que, de la mano de Chabuca Granda, su “madre musical”, fue gestando con muchísimo esfuerzo el lugar que hoy merecidamente ocupa.

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Y mientras me cuenta cómo, a raíz de ‘los audios de la vergüenza’ del 2018, o más bien a raíz de la indignación que aquellos audios suscitaron, se sentó a pensar en los temas de su último disco, Palabras urgentes, por el cual ha sido nominada, pienso que eso es precisamente lo que necesita este país que ha hecho del grito continuo su forma de quedarse callado: palabras. Palabras como las de Susana. Palabras simples para recuperar la calma, pero también palabras claras para mantener arriba la guardia ante los discursos de odio. “Nos hace falta escucharnos y comprendernos, entender que somos parte de una sola comunidad; la comunidad te salva, la comunidad es solidaria, nunca estás solo si estás en comunidad”, dice la cantante y compositora, y escuchándola uno piensa que, a pesar de que miles prefieren seguir animalizando al adversario (“el problema del Perú es que se confunde al adversario con el enemigo”, dixit Carmen Mc Evoy), y hablar de burros versus puercos, y regodearse en la violencia discursiva, incluso en la física, a pesar de eso, aún existimos millones de peruanos deseosos de convertir en ladrillos los escombros dejados por tantas crisis simultáneas.

“Creo que solo el arte me ha dado el impulso necesario para crear un puente entre mi vida y la de los otros”, escribe Susana en sus memorias, revelando la receta de su tranquilidad espiritual. Con 78 años sigue cantando como a los 20, demostrando que consagración y humildad pueden ir juntas de la mano, y enseñándole a este país sin esperanza que no, no todo está perdido. //

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