Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
Luciana Olivares

La historia de mi vida amorosa bien podría contarse en una playlist de salsa sensual, pero salsa dura también. Supongo que todo comenzó hace varios años, en mi primer viaje en carro con mi papá y mi mamá rumbo al norte. Era un viaje largo, así que escuchamos la clásica selección que Radiomar hacía para determinar cuál era la salsa del año. No es que el bendito ranking salsero fuese lo más esperado para una niña, pero ya de tanto escuchar salsa se convirtió en un gusto adquirido y hoy es mi sonido favorito cuando quiero ponerme contenta. Pero bueno, estábamos en la carretera, Federico cantaba entusiasta cada salsa que pasaban, y yo, a regañadientes, las tarareaba en mi mente (me las sabía todas). Hasta que de pronto llegó ella: Nuestro sueño, la salsa más linda del , según los expertos, incluido mi papá. Nuestro sueño ganó el puesto número 1 en el ranking y se convirtió en esa aspiración romántica que tenemos muchos, sobre todo la parte en la que corean “siempre, siempre”.

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Sí, pues, crecí pensando en que encontraría esa “sobredosis de amor” de Los Titanes, sin empalagarme; a alguien que se acuerde de los Detalles, como canta Oscar de León; y que era absolutamente posible que te canten, a pesar de los años, Tú me quemas, de Eddie Santiago. Pero para ser honesta, yo no tenía tan claro lo importante que era tener una relación funcional. Tampoco este concepto que tanto tardamos por entender acerca de escoger vs. recoger. Y sobre todo, como muchísimas personas, creía que esas relaciones conflictuadas, difíciles, inestables que hoy conocemos como tóxicas también tenían su swing. Entonces me la pasé muy buena parte de mi tiempo soltera, lidiando con el Yo no sé mañana, de Luis Enrique, riéndome por fuera pero con una ansiedad horrible por dentro; involucrándome con algunos personajes a pesar de que mi voz interior salsera, es decir Maelo Ruiz, me decía Te va a doler. Peor aún, como si uno no aprendiera de soltar tantas Lágrimas que canta Roberto Blades, el supuesto ‘Baby de la salsa’ (el único e indiscutible es mi Jerry Rivera), uno se vuelve reincidente y entra en esas relaciones resorte, que, a pesar de que se mandan lejos, siempre terminan regresando, sin entender las sabias palabras de Frankie Ruiz en La rueda: “Tú rodarás porque ese es tu destino, sin encontrar nadie que te detenga”.

Llega el punto en el que verdaderamente te crees que el sufrimiento y el amor están directamente conectados. Es más, te acostumbras tanto a esa dinámica que conviertes al sufrimiento en un barómetro de cuán intensa y profunda es o fue tu relación. Solo analicemos un poco las palabras que usamos para hablar del amor o de las separaciones: ‘romper’ con alguien, ‘morirte’ por alguien. Si no hay drama, no hay amor. Pero ¿por qué relacionamos tanto el sufrimiento con el amor? ¿Le echamos la culpa a las grandes obras literarias artísticas o hasta a la salsa por marketear el amor y el sufrimiento en combo 2x1? Algunos expertos en psicología señalan que esto ha sido aprendido cultural y socialmente a través de la redención o “salvación”, con la creencia de que el sufrimiento es una prueba de amor. Una ideología que puede llegar a ser algo sadomasoquista, incluso. Entonces, si es algo tan arraigado cultural y socialmente, ¿somos capaces de vivir el amor sin dolor y no sentir síndrome de abstinencia al sufrimiento amoroso? ¿O eso es Como los unicornios, salsa himno de Jerry Rivera?

Sí somos capaces, pero es todo un reaprendizaje y un desaprendizaje de tanta novela Televisa en tu vida, un reseteo intensivo y frecuente para recordar que la dependencia y los celos excesivos no son muestras de amor sino de inseguridad, incluso propia. Una desintoxicada brava que te permita ser consciente de lo rico que es vivir sin sobresaltos ni angustias. Y también una decisión madura y valiente de curar lo que tengas roto –tus heridas del pasado– sin buscar curitas de mala calidad. Alguna vez leí que las emociones no son fantasmas misteriosos que aparecen sin razón aparente, sino un fenómeno físico que tenemos que saber escuchar e interpretar. Hoy sigo escuchando salsa pero tengo un nuevo playlist. Y puedo vivir del amor sin pena ni dolor y puedo vivir “sin pensar que voy a llorar”, dice una de mis salsas favoritas del gran Rubén Blades. Yo lo creo al 100%. Fue un largo camino para esa niñita que escuchaba su salsa preferida en la carretera rumbo a Tumbes, pero que 30 años después se dio el gusto de no solo bailar Nuestro sueño, pegadita, sino también descubrir que es posible. //

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