Nora Sugobono

Es casi imposible que alguien en este país mayor de ¿15 años? pueda decir que recuerda –pongamos un ejemplo cotidiano– el sabor de un queque relleno de arándanos servido en casa de su abuela. Tampoco en una rica mermelada con el pan del desayuno. Mucho menos en la ensalada de frutas o en un colorido jugo de mercado. Es casi imposible porque la inmensa mayoría de peruanos no tiene registro de lo que es, en efecto, un arándano.