Christian Saurré

Se conocieron por casualidad, en una escucha de radio con la que el ilustrador se encontró en el dial y en la que el músico presentaba su nuevo disco recién llegado a la Argentina desde Nueva York. Eran los primeros años de los 2000 y el historietista fue a buscarlo a uno de esos recitales en el que los músicos, al terminar de tocar, empiezan a recoger ellos mismos sus instrumentos. Lo encontró. Johansen ya conocía algo de la obra de Liniers (la tira Bonjour del diario “Página/12″), y luego de un par de cervezas quedaron en volverse a ver en un reencuentro que siguió por varios años. “Era como una onda de que nos conocimos, ¡eh!, vos hacés eso, vos esto, ¡eh!, asado, cerveza, asado, venite, cerveza, asado, ban, ban. Y, de repente, éramos amigos”, cuenta Liniers acentuando el tono porteño.

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Ricardo Liniers Siri nació en Buenos Aires y hoy vive en el norte de Estados Unidos. Kevin Johansen nació en el norte más norte de Estados Unidos —Alaska— y hoy vive en la capital argentina. Ambos son amigos, como hermanos. “No nos une el amor, sino el encanto”, dice Johansen en una tarde calurosa de Buenos Aires mientras viste una camisa de manga corta muy a un estilo folk. En el otro hemisferio del mundo, y casi al mismo tiempo, las palabras de Liniers, que aparece bastante abrigado, atropellan la frase de Johansen: “¡El dinero!, obvio, nos une el dinero”, ambos ríen. Hace un par de meses arrancaron una gira latinoamericana juntos y me cuentan desde sus pantallas de Zoom: “Nosotros ya ni nos hablamos, nosotros tenemos intermediarios que organizan. Además, nos quedamos en hoteles diferentes”, dice Liniers. “Por contrato, pedimos que no haya contacto visual”, completa Johansen. “Sí, yo tengo que mirar al piso”, termina de decir el historietista y queda un silencio. Luego vienen las carcajadas celebrando ese tipo de bromas que solo se pueden hacer entre amigos o hermanos, que en muchas ocasiones es lo mismo.

Kevin Johansen iba a llamarse Sasha, que en ruso significa Alejandro. Su padre no estuvo de acuerdo.
Kevin Johansen iba a llamarse Sasha, que en ruso significa Alejandro. Su padre no estuvo de acuerdo.

Johansen y Liniers son una mezcla extraña. En los conciertos trabajan casi siempre dándose la espalda o uno al lado del otro, sin mirarse. Uno mira al público y otro al lienzo. Sus ideas, opuestas en varios aspectos, no hacen otra cosa que volverlos complementarios. Claro, basta ver la música y la pintura de cada uno de los recitales que hacen juntos para saber que no hay mejor complemento que ese.

Y es que antes de subir a un escenario por primera vez, Liniers le dio algunas vueltas a la idea, como buen tímido que es. Johansen era el indicado para hacerlo subir y perder el miedo, y así lo hizo. “Yo nunca me hubiese animado a subirme al escenario con alguien. Si me hubiera llamado del aire Charly García a decirme: “¡Eh! subite al escenario”, no lo hacía ni por casualidad. Pero Kevin era un amigo”, cuenta Liniers. Y es que la razón por la que él y Johansen se unen no es tanto por sus encuentros, sino por sus desencuentros, tan bien administrados. “Siempre digo que tengo una suerte muy rara y es que generalmente uno se hace estos amigos/hermanos en la adolescencia, esos que te quedan toda la vida; y que cada uno hace su vida, pero que siempre te seguís viendo y es como que no tenés que explicarte tu amistad”, dice Liniers y Johansen sonríe.

Johansen (nacido en Alaska en 1964) también colaboró en textos con el mítico grupo humorístico argentino Les Luthiers, entre otros.
Johansen (nacido en Alaska en 1964) también colaboró en textos con el mítico grupo humorístico argentino Les Luthiers, entre otros.
/ JOEL ALONZO

Liniers solo tiene dos amigos de ese calibre: Alberto Montt, su colega en la historieta con el que tiene un podcast llamado “La vida es increíble” y Kevin Johansen. “Claramente, yo amigos solo busco para trabajar. Estoy buscando un tercero, si se te ocurre algo para hacer me decís”, me dice Liniers y Johansen vuelve a reír acotando que su compañero de escenario es un ‘workaholic’.

Una de las cosas en las que coinciden es que la amistad ha logrado unirlos en sus artes. “A mí cada vez que me dicen: ‘Hay un show en Perú’, yo digo que sí. Y después ya me dicen que va a ir Liniers y, bueno, ¡qué se le va a hacer!, por lo menos vamos a Perú. No, la verdad, es un poco como dice Ricardo. La amistad pesa un montón, esa confianza no forzada, cuando tienes onda con alguien pierdes la noción del tiempo”, dice el músico nacido en Alaska.

INFLUENCIAS Y ALGORITMOS

Liniers y Johansen están por entrar en un mercado en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, y el dibujante ve unos cocodrilos como disecados. Están en venta en un puesto de artesanías. Uno está disfrazado con un sombrerito de pescador y otro de guitarrista. Liniers piensa: “Quién carajo se compraría una porquería así”. En ese mismo momento, se oye la voz de Johansen al lado suyo que pregunta al vendedor: “Quiero uno de esos, ¿cuánto sale?”. Evidentemente, son dos estilos distintos, algunos siempre nos preguntamos: ¿cómo hacen para salir impecables al escenario?

“A mí me gusta mucho lo ‘kitsch’ y me atrae a veces el mal gusto, entonces a veces me sale algo de mal gusto accidentalmente, pero porque me gusta y me gustan los accidentes también y creo que eso influye en la obra que uno hace. Abrazo lo accidentado o el error. Creo que hay belleza en el error”, cuenta y ríe Kevin Johansen, recordando la anécdota.

Liniers, por otro lado, confirma la teoría de que todos los dibujantes, caricaturistas o ilustradores tienen influencias musicales extraordinarias. Sus horas de encierro en el estudio de su casa en Vermont y todos los demás momentos de su carrera en solitario lo hicieron escuchar un sin número de discografías. Un ilustrador vive entre la soledad de las paredes de su estudio y el sonido que sale de su dispositivo de audio. Johansen complementa la idea de que las influencias no se dan necesariamente en las mismas disciplinas artísticas. “Yo puedo decir que Ricardo Liniers me influye, influye mi obra, ya a estas alturas, por su forma de no ser una sola cosa y tiene que ver con lo que uno busca, no ser unidimensional, sino tener un abanico o una paleta amplia de estados de ánimo”, dice Johansen.

Y es que al hablar de música la conversación se torna bastante seria. Ambos empiezan a conversar como si el otro no estuviera en la misma charla y se declaran influenciados entre sí. “Kevin trata la música de la misma manera que yo trato la historieta, que básicamente es que nos gusta todo. No es que le gusta los Rolling Stones y el tipo quiere hacer todo el día Rolling Stones. Le gusta los Rolling Stones, pero también le gusta la Mona Jiménez y también le gusta Palito Ortega o Radiohead”, dice Liniers sin poder contener la seriedad por mucho tiempo.

Johansen siempre presentó esta idea de lo “desgenerado” como la música sin un género definido y en eso están vertidas todas sus influencias, desde Violeta Parra por parte de su madre argentina hasta Bob Dylan por parte de padre y madre. “A Kevin le entra el científico loco y dice: ‘¿Y qué pasa si a la bossa nova le meto un cacho de pop?, ¿y qué pasa si al folclor le meto un poco de Rock and Roll?”, y ahí aparecen estas cosas “desgeneradas”, cuenta Liniers que carga con grandes influencias también fuera de la historieta como Woody Allen, Kurt Vonnegut o Jackson Pollock.

En su última visita, Liniers se animó a ilustrar la portada de Somos.
En su última visita, Liniers se animó a ilustrar la portada de Somos.
/ SOMOS > ELIAS ALFAGEME

Ambos han sido influenciados por un grupo más grande de otros artistas en distintas disciplinas y eso es lo que los hace no solamente “desgenerados”, sino también plurales. Con una mentalidad abierta para saber que lo que los mueve es el arte, simplemente. “Lo lindo del arte no es cuando te portás bien. Es cuando te portás mal. Cuando hacés algo que se supone que no debería hacerse”, dice Liniers y continúa: “Cuando sos artista portarte mal, y, en el caso de Kevin, tener un dibujante de historietas al lado es portarse mal. Generalmente, lo que tenés al lado es un Keith Richards misterioso, con una guitarra. Kevin dijo no, voy a tener a este que se parece un poco a Milhouse, en una mesa que va a estar ahí, dibujando”.

“Éramos dos mundos muy diferentes. Kevin era tenista y yo cocinero. ¿Y de repente fue algo como: ‘¿Por qué no cocinamos con una raqueta? ¿Y por qué no jugamos al tenis con una sartén?’”, rememora Liniers el momento en que todo comenzó.

Kevin Johansen y Ricardo Liniers han dado ya suficientes muestras de un tipo de amistad inédita que, por ende, tampoco tiene género, una amistad desgenerada. Son dos artistas que trabajan en el escenario siempre mirando a lugares distintos y que a diferencia de lo que se espera —que lleguen al mismo puerto en el escenario— estos en realidad llegan a lugares artísticos y creativos distintos, pero su amistad lo unifica todo. Esa amistad de hemisferio a hemisferio, de polo a polo, de invierno a verano, de Johansen a Liniers, y viceversa. //

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