Cántame tu vida
Cántame tu vida
Rodrigo Fresán

¿Fue Laurie Anderson, Frank Zappa, Elvis Costello, Thelonious Monk o Steve Martin el que dijo eso de “Hablar sobre música es como bailar sobre arquitectura”? No importa quién, importa lo que dice esta cita a ciegas. Y lo que ocurre si se la traslada al más o menos fino arte de contemplar rock-biopics o rockumentales. ¿Ver representada o condensada o actuada la vida de una más o menos brillante y generalmente muerta rockstar será entonces algo así como degustar menús de restaurantes en los que nunca podremos sentarnos a comer?
    Posiblemente. En cualquier caso siempre estaremos ahí porque nos gusta verlos sonar. Desde el principio de los tiempos (esas películas ya antiguas y dulcificadas para todos los paladares que cuentan las idas y vueltas de Hank Williams o de Glenn Miller a quien, a partir de entonces, siempre veremos con el rostro de James Stewart), pasando por las ficciones en ocasiones más verdaderas que la verdad en cuanto a feeling (incluyendo a "Spinal Tap" o al Pink de "The Wall"), hasta las recreaciones —en lo que parece un reciente boom de la especie— de Chet Baker, Nina Simone, Bessie Smith, Johnny Cash, Ray Charles, Ian Curtis, James Brown, Bob Dylan (en persona o en fantasmas en la caleidoscópica y muy interesante "I’m Not There"), Jimi Hendrix, Serge Gainsbourg, Miles Davis, Biggie Smalls, Tanguito, John Lennon (quien siempre tendrá más películas que Paul McCartney por razones obvias y que no tienen que ver con el talento) o la serie rebosante de lugares comunes Vinyl, donde aparecen tantos de los que pasaban para grabar y drogarse por la Nueva York decadente y pecadora de finales de los sesenta y principios de los setenta. Todas ellas impulsadas por dos marchas a menudo complementarias y a menudo irreconciliables: autodestrucción y redención. La segunda solo funciona si hay mucho de la primera antes. Pero, a no engañarnos: desde los tiempos de "Amadeus" funciona mucho más y mejor un cadáver joven y bien parecido y genial.
    Pensaba en eso mientras, días atrás, por esas conjunciones astrales de la programación de tu televisión por cable, veía varios rockcumentales en cuestión de días. Pensaba que, en realidad, cuánto más interesante es "Keith Richards: Under the Influence", de Morgan Neville (contando la historia en el momento en que alguien que parece escapado de "The Walking Dead" y sobreviviente contra todo pronóstico se apresta a grabar un disco más que no cambiará la historia), que las dolidas y recientes y hasta obvias y predecibles en sus tramas autocatástrofes de Janis Joplin en "Janis: Little Girl Blue", de Amy Berg; la Winehouse en la oscarizada "Amy", de Asif Kapadia; y la exhumación de libretas y demos como si se tratasen de reliquias santas en "Kurt Cobain: Montage of Heck", de Brett Morgen. Ya se sabe: same old song, same old story. Sufro, luego existo, y después jeringa y botella y bala y bienvenidos a la muerte inmortal.
    El último de los documentales que vi seguía esas pautas (puñal clavado en el pecho en suicidio shakespeareano nunca del todo aclarado), pero proponía algo mucho más interesante. Porque, en apariencia, el pequeño inmenso Elliott Smith (1969-2003) sigue siendo un misterio sobre el que ninguna de sus sombrías biografías (y las he leído todas) ha podido echar algo de luz reveladora. Y el misterio pasa por lo poco histriónico y nada histérico de su breve paso por la tierra. 
    En realidad, la vida y muerte de Smith es muy parecida a la de Cobain, pero sin efectos especiales y con peor pelo y rostro arrasado por las cicatrices de viruela o de acné: chico hipersensible pero estoico de provincias que se cambia el nombre y se pone una segunda t en el Elliott, problemas con su padre, paso por la secundaria como por un pequeño purgatorio del que se sale fortalecido, el descubrimiento de la música (que en Smith significa el tránsito de un grunge más bien lírico con la banda Heatmiser a la delicadeza solista de una especie de Paul Simon slacker) hasta convertirse en 1997 en una suerte de gurú de culto con el maravilloso "Either/Or" (atención, su título sale de una portada de libro del filósofo danés Søren Kierkegaard) para adolescentes hipersensibles necesitados de alguien que les cante y los arrulle para distraerlos de sus dulces pesadillas con acústica guitarra en modalidad fingerpickin’. Después, lo que se supone es el éxito para alguien como él: fichar por una discográfica importante, formar parte del soundtrack de una película indie de prestige como "Good Will Hunting", su hipnótica e himnótica “Miss Misery” candidata al Óscar junto a la titánica garganta del androide Nexus-6 Celine Dion (ya saben quién ganó) y, enseguida, el misterio de dejarse ir y dejarse llevar hasta ir a naufragar a la playas de la autoinmolación. Después, claro, los inevitables álbumes póstumos (género del que Jeff Buckley se ha convertido en rey con un disco oficial en vida antes de morir accidentalmente o no ahogado y trece álbumes post mortem y sumando) y el documental al que ahora me refiero y destaco entre tantos otros.
    "Elliott Smith: Heaven Adores You", de Nickolas Rossi tiene el encanto de no subrayar e intensificar nada más allá de la música alegremente triste y el rostro tristemente alegre de Smith. No intenta ganarle a la letra y a la música. Incluso la aparición de las drogas en la vida de este tipo con aspecto de perro mojado solo esperando que le arrojen un hueso se presenta como una parada más en el camino a más o menos ninguna parte. No hay —como en el tránsito de Nick Drake, otro remedio para melancólicos— un gran “arco dramático” en la vida de Smith. No hay intensidades cósmicas desde las que lanzarse en clavado. No hay comportamiento demasiado escandaloso en público. No hay paparazzi desesperados por seguir su rastro. Aparecen allí, sí, un puñado de amigos recordando que los maltrataba un poco (no demasiado) y que parecía cansado y desinteresado por todo, incluyendo el tener que reproducir live y noche tras noche la tan delicada como dura belleza de “Waltz #2 (XO)”. Y —anticlímax si lo hay— son varios los que aseguran que antes de hundirse en un cuchillo estaba mejor que nunca y más ilusionado con el futuro que ninguno.
    Lo que —mientras miraba "Heaven Adores You", cuyo apreciable soundtrack incluye la demencial y sentida “I Love my Room”, que me hizo pensar/recordar que alguna vez, hace tanto, estuve junto a Kurt Cobain durante el paso de Nirvana por Buenos Aires; y que solo tenía ganas de irme de allí. Años después vi y escuché a Smith en directo, en Barcelona. Tocó en casi un bar, sin escenario, al mismo nivel del público, y parecía tan cansado de todo y de todos, y les comenté a quienes me acompañaban que parecía un fantasma. Y, aun así, había ahí un genio junto al que uno quería quedarse todo el tiempo que se pudiese y al que ninguna película le haría del todo justicia.
    Y está muy bien que así sea mientras, aquí y ahora, dejo de bailar cerca de la arquitectura de esa casita en los suburbios que fue Elliott Smith y que se puede seguir visitando en discos con títulos como "From a Basement on a Hill".
    No hace falta cita previa.