CSI Malcom, por Rodrigo Fresán
CSI Malcom, por Rodrigo Fresán
Rodrigo Fresán

"Tomar partido es inevitable. Todos lo hacemos. Lo importante es decirlo. El problema surge cuando fingiendo ser neutral y objetivo el autor presenta al lector algo que, sin ser la verdad, aparenta serlo. Yo muestro mis cartas”, afirmó Janet Malcolm, entrevistada por Eduardo Lago, en El País. 
     Sépanlo: Malcolm (Praga, 1934) llegó a los Estados Unidos a los cinco años huyendo de ya saben quién. Estuvo casada con dos hombres de "The New Yorker" y allí —y en "The New York Review of Books"— suele publicar ensayos siempre polémicos e indispensables. Su vocación es la de “no ser amable… porque el periodismo no es una profesión servicial”, advierte, de nuevo, con el tono y sequedad de quien no se anda con contemplaciones a la hora de diagnosticar un veredicto en el que nunca cabe eso de “causas naturales”.
     Y alguien ha dicho que los enemigos de Janet Malcolm (y tiene unos cuantos; muchos dentro de su profesión, que la consideran demasiado extrema en su metodología y omnipresente en sus piezas y psicoanalítica en sus juicios; y unos cuantos entre sus entrevistados cuando descubren al leerse que han hablado de más sin darse cuenta) suelen atacarla con botellas rotas mientras ella los espera con un bisturí afilado. Es decir: brutalidad directa versus preciso refinamiento.
     Y sí, hay algo de forense modelo CSI en Malcolm.
     Y sus autopsias y reconstrucciones suelen ser implacables y, a menudo, perturbadoras. Como esa ya célebre y siempre citada a ciegas frase con la que corta profundo al principio de "El asesino y el periodista" (1990) y que no ha dejado a nadie indiferente desde entonces. Eso de “Todo periodista que no sea lo bastante estúpido o engreído como para no ver lo que tiene delante de las narices sabe que lo que hace es moralmente insostenible. Su trabajo consiste en aprovecharse de la vanidad, la ignorancia o la soledad de la gente para ganarse su confianza, y acto seguido, traicionarla sin el menor remordimiento”. No se la han ni se lo han perdonado. Pero Malcolm —también descrita como “un samurái que puede cambiar de opinión en un mismo párrafo”— nunca pidió ni pide perdón.
     Lo que no le impide contar con fans que cuentan y que sumaron: Nora Ephron, Jessica Mitford, Gore Vidal, Susan Orlean, Harold Bloom e Ian Frazier, quien, además de compararla con Truman Capote y A. J. Liebling, afirma que “mucho periodismo es como uno de esos cuentos que te cuentan por centésima vez para que te duermas; pero en un artículo de Janet Malcolm uno jamás sabe lo que puede llegar a suceder”. Y así, el desvelo y el miedo a la oscuridad súbitamente encandiladora.
     Y OK, de acuerdo: Malcolm se aprovecha de todos y de todo. Pero, siempre, para provecho de sus lectores. Y —elíptica y libre asociadora de ideas— nada ni nadie le es ajeno: Anton Chejov, Sylvia Plath & Ted Hughes, Sigmund Freud, Gertrude Stein & Alice Toklas, asesinatos y juicios varios… Todos ellos han protagonizado libros que pueden leerse y oírse como álbumes conceptuales.
     El reciente "Cuarenta y un intentos fallidos" (Debate) —subtitulado, “Ensayos sobre artistas y escritores” y finalista del National Book Critics Circle Award del 2013 en el rubro crítica— se disfruta y se admira, en cambio, como una recopilación de 16 gloriosos singles, la tercera en su carrera y, también, la mejor balanceada. Y el primero de sus tracks —que da título a todo el conjunto— es una auténtica rarity: una sucesión de demos frustrados mostrando, por una vez, a una Malcolm aparentemente insegura (o con un firme recurso) de cómo arrancar a contar algo y alguien (el artista plástico David Salle y su obra) de quien lo sabe todo menos cómo ponerlo por escrito. Se hace evidente, al tercer intento fallido, que esta estrategia (cercana a la estética de Salle) es otra manera de Malcolm para acabar abarcando todo alrededor de Salle y alrededores con una mezcla de intriga y crueldad.
     El resto del libro, cabía esperarlo, es pura certeza, redescubrimientos, reinvenciones: J. D. Salinger y su familia Glass, los desnudos de Edward Weston, los fotógrafos atormentados Diane Arbus y Thomas Struth y Julia Margaret Cameron, Cecily von Ziegesar y el fenómeno "Gossip Girl", Edith Wharton como “la mujer que odiaba a las mujeres”, los pilares de "The New Yorker" William Shawn & Joseph Mitchell (al que Malcolm considera su maestro y a quien ha dedicado un reciente ensayo a partir de la publicación de su biografía), Ingrid Sischy en Artforum, el grupo de Bloomsbury como gran mito del modernismo… Todo contado con las palabras justas y la investigación exhaustiva y bien digerida que consigue ese efecto de todo gran cronista: el que todo aquel que lea sobre lo que investiga Malcolm se convierta en un especialista del tema, sea este cual sea.
     "Cuarenta y un intentos fallidos" cierra con otra falsa derrota: un breve texto en el que Malcolm reflexiona sobre la imposibilidad de su autobiografía y sentencia que “la memoria no es una herramienta del periodista” para despreciar “la insufrible familiaridad del biógrafo”. Es decir, Malcolm ha decidido, en nombre de recordar a los demás, olvidarse de sí misma y, por lo tanto, verse obligada a corregirse, reescribirse, inventarse. Así que mejor no. No es lo suyo, comprende. “Mis hábitos periodísticos han inhibido al amor por mí misma”, concluye.
     Lo que no impide la lectura —y el enamorarse— de "Cuarenta y un intentos fallidos" como si fuese una memoir alternativa de Malcolm. La entregada saga en entregas de alguien que mira y toma notas para que nosotros notemos y miremos todo aquello que jamás hubiésemos visto con nuestros propios ojos. Ojos que, de pronto, por suerte, son los traidores y fieles ojos de la muy filosa Janet Malcolm.

Título: Cuarenta y un intentos fallidos
Autora: Janet Malcom
Editorial: Debate
Páginas: 256
Precio: S/.85