En la era de las redes sociales es más evidente que nunca el malestar de la guerra tanto en la población civil como entre los militares. (Foto: AFP)
En la era de las redes sociales es más evidente que nunca el malestar de la guerra tanto en la población civil como entre los militares. (Foto: AFP)
/ Agencia AFP
Óscar García Zárate

Pocas horas después de iniciado el ataque de las Fuerzas Armadas rusas en territorio de Ucrania, el 24 de febrero, una noticia sorprendente acompañada de videos difundidos por la Fuerza Aérea de Ucrania se hizo viral: un piloto ucraniano derribó seis aviones rusos en menos de un día. El número de aviones eliminados atribuidos a este diestro aviador, a quien se empezó a denominar el ‘Fantasma de Kiev’, llegó a 10 en cuestión de 48 horas más.

Políticos y líderes de opinión como el congresista estadounidense Adam Kizzinger celebraron la pericia de este hábil y misterioso piloto, mientras que un oligarca expresidente de Ucrania, Petro Poroshenko, compartía fotografías para probar frente a la comunidad internacional que el ‘Fantasma de Kiev’ seguía liquidando naves enemigas.

Para decepción de muchos, un par de meses después, hacia fines de abril, la Fuerza Aérea ucraniana admitió que esta fascinante e inspiradora historia era una noticia falsa difundida por ellos mismos con el objeto de levantar la moral de combatientes y ciudadanos. Es decir, el ‘Fantasma de Kiev’ fue desde el inicio una pieza de propaganda y desinformación montada sobre evidencia completamente fabricada.

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Lejos de avisorarse el final del conflicto, recientemente el presidente ruso Vladimir Putin anunció la movilización de 300.000 reservistas. 

Esta historia no detenía el avance de las tropas rusas ni interceptaba sus misiles hipersónicos, pero aparentemente daba orgullo y seguridad emocional a ucranianos de todas las edades en medio de las ensordecedoras e intimidantes sirenas antiaéreas.

¿En qué medida se justifica difundir mentiras para mantener el optimismo de la población frente al posible colapso del Estado?

Por supuesto, no se trata solo de propagar “mentiras blancas” e infundir optimismo para que la espera de la paz se haga menos larga y angustiante. La consecuencia de una mentira en este contexto no es únicamente levantar la moral y mantener a la población en sus hogares.

Cuando se brindan falsas expectativas de triunfo y una imagen distorsionada de la realidad, el efecto nocivo para los intereses ciudadanos es que las personas son persuadidas a tomar decisiones que ponen en riesgo sus vidas. Se les invita a saltar de la cornisa. No se equivoca el antiguo proverbio que reza “cuando llega la guerra, la verdad es la primera víctima”.