Ser twee
Ser twee
Rodrigo Fresán

Nuestras prehistoria, infancia, adolescencia y primera juventud son un constante tomar y masticar y escupir decisiones radicales, elección de bandos, ser o no ser. Así, ya con la decisiva opción de espermatozoide y óvulo (niño o niña), pasamos rápidamente a papá o mamá (y a quién de ellos te pareces más o no te pareces nada), a cuál es tu color favorito, a Batman o Superman, a qué quieres ser cuando seas grande, a este equipo o este otro de este deporte, a Beatles o Rolling Stones (o Pink Floyd o Genesis, o Blur u Oasis, o…), a Godard o Truffaut, a esta chica o aquella, a Borges o Cortázar (o a García Márquez o Vargas Llosa). Así hasta que, finalmente, la personalidad está más o menos (de)formada y, alcanzada la “madurez”, nos convertimos en seres más variados y flexibles, no nos atrevemos demasiado a pensar qué habría pasado si hubiésemos elegido a B en lugar de A, y nos concentramos profundamente en cosas como dulce o salado y mar o montaña. Somos, sí, todos más o menos iguales de cabeza para afuera porque la sociedad nos pide que así sea; aunque, supongo, por ahí andan muchos zombis sueltos discutiendo si Twitter es mejor que Facebook y si lo que vendrá será mucho mejor que esos dos (¡claro que sí!, sueñan) y si Apple es mejor que cualquier otra cosa en el universo. Buena suerte a todos ellos.
     En lo personal, ya resignado a ser alguien de gustos muy diversos y contradictorios, producto inevitable de la acumulación de sucesivas capas tempo-geológicas existenciales en las que el Corto Maltés no tiene ningún problema en sentarse a tomar el té con Vladimir Nabokov mientras suena Bob Dylan de música de fondo, yo hacía años que no pensaba en si continuaba perteneciendo a alguna escudería o hermandad cósmica.
     Pero, no hace mucho, supe que tenía un lugar en el mundo de las etiquetas y de las fraternidades. Sí: yo era nada más y nada menos que twee. Y ser twee era ser muchas cosas (o que te gustasen muchas cosas).
     Sonora palabrita inglesa que, según mi "Oxford Dictionary", equivale a “cursi, afectado”, twee —si se consulta online algo llamado "Urban Dictionary"— es “algo de sabor tan dulce hasta el punto de enfermarte. También, algo muy sentimental y nauseabundamente empalagoso y sensible. El sonido de la palabra deriva del tipo de ruidito que emiten los bebés”. Y, por las dudas, se añadía: “Belle and Sebastian son The Beatles del twee”. Y lo cierto es que a mí esa banda siempre me había gustado porque me recordaba mucho a cierta actitud de The Kinks por los tiempos en los que todos flotaban en ácido de orgías mientras ellos se preocupaban por quedarse en casa leyendo. Enseguida busqué y encontré artículos en la prensa y allí me enteré que los twee eran como la versión hipersensible de los hipsters (esos materialistas siempre preocupados por el último gadget). Espíritus delicados más cerca de los fantasmas de Anna Frank y Sylvia Plath, el amor por las mascotas (abuelas incluidas) y largos paseos por el bosque (se preocupan mucho por la naturaleza) donde recitan poesía prerrafaelista y silban a They Might Be Giants y The Smiths e Eels y The Magnetic Fields y, por supuesto, a Belle and Sebastian. También usan gafas retro y adoran a Zooey Deschanel y Lena Dunham les da un poco de asquito (otra evidencia de mi tweetismo). Y ser twee también significaba jurar por Bill Murray y por J. D. Salinger y por Antoine Doinel y por Maurice Sendak y por Charlie Brown y por Wes Anderson y por… Por todas las cosas que me gustaban a mí. (Atención, el comment a uno de los artículos españoles de un lector local que se identificaba como Juan Mocasines condenaba así: “En definitiva, cuarentones sin pareja estable ni hijos a los que se les ha escapado el tren de la vida por egocentrismo excesivo y que van rondando la cincuentena, donde quedarán desnudos ante el resto de una existencia exasperante… Madurad, tened hijos y dad sentido a vuestra vida, sois subproductos publicitarios y sociológicos. Nace, crece, se reproduce y...”. Pero yo tengo pareja estable e hijo y soy cincuentón; así que…). Aun así necesitaba mayor documentación; y me hice con el ensayo "Twee: The Gentle Revolution in Music, Books, Television, Fashion and Film", de Marc Spitz, donde se rastrea todo el asunto hasta llegar a las fuentes de cierto peterpanismo delicadamente contracultural surgido del espíritu victorioso y neovictoriano luego del fin de la Segunda Guerra Mundial o algo por el estilo. El libro es simpático y se lee con placer y trae unas listas muy graciosas de íconos twee imprescindibles a consumir y ahí, sí, de nuevo, Belle and Sebastian (“The Tweetles”), que yo empecé a escuchar (cortesía de Alan Pauls) a finales del milenio pasado y de quienes terminé comprando todos sus discos hasta la fecha (y que son todos más o menos iguales) y que están imbuidos del credo de su líder Stuart Murdoch, alguna vez aquejado de esa enfermedad definitivamente twee que es el síndrome de fatiga crónica.
     Así que si están leyendo todo esto y tienen dudas en cuanto a si son o no (o si quieren ser o no) twee, les propongo el siguiente ejercicio. Buscar y encontrar el filme escrito y dirigido en el 2014 por el propio Murdoch alrededor de uno de sus discos ("God Help the Girl", 2009) contando y cantando la odisea íntima de Eve, una encantadora anoréxica (con el rostro y pómulos de la adorable Emily Browning), quien quiere escribir canciones muy bonitas y muy twee por calles y parques de Glasgow con sus amiguitos James y Cassie. La película es tan pero tan twee que vomitará de inmediato a todos aquellos que no sintonicen ni suspiren con semejante sentimiento y atraerá sus mohines (Eve/Emily canta mirando al cielo o al techo y siempre sonriendo) a todos los que necesitaban ser algo y no sabían qué.
     En lo que a mí respecta, hubo momentos de "God Help the Girl" que me produjeron vergüenza ajena y otros (“Come Monday Night” y “Dress Up in You” son canciones inmensas, sí) que me recordaron lo que era ser joven y romántico y —aunque no lo supiese entonces cuando yo era así— ser twee. Ahora, tengo fatiga crónica y nada más.