(Ilustración: Giovanni Tazza)
(Ilustración: Giovanni Tazza)
Alonso Cueto

Escritor

Los tiempos de emergencia sanitaria y de parálisis económica son también los del fantasma de la recesión social. En estas semanas no podemos ver a miembros de nuestra familia si no viven con nosotros. Tampoco podemos ver a los amigos más queridos, ni siquiera a los menos. Para algunos, nuestro recurso mayor es el uso de las plataformas online. Allí vemos las caras de la gente para saludarnos y charlar. Pero no estamos acostumbrados. Nuestro cerebro siempre estuvo habituado a estar con la gente, no con su imagen virtual. Tenemos que hacer el esfuerzo de verlos de otro modo. Es mejor que no verlos.

Pero en los hogares de las clases con menos recursos, que tienen hogares estrechos y con pocas comodidades o ninguna, el recurso de la comunicación online es nulo. Y si bien es cierto que hay muchas más ocasiones de comunicarnos con nuestras familias en casa, el problema más terrible es el de las personas que viven solas, y en condiciones precarias, sin ayuda posible para lo más elemental.

La soledad también es una pandemia. Hay cada vez más personas viviendo solas en todo el mundo. Los datos de Our World in Data del historiador Max Roser indican que en una ciudad como Estocolmo, el 60% de sus habitantes vive solo. Según la misma plataforma, en Estados Unidos casi un tercio de la población vive en casas de un solo habitante. En el Perú, según una publicación del INEI del 2018, hay más de seiscientos treinta y tres mil adultos mayores de 70 años que viven solos. En otras palabras, la pandemia del coronavirus ha sorprendido a una población donde hay cada vez más solitarios que por eso mismo son más vulnerables.

La medicina muestra el valor que tiene para el sistema inmunitario la relación con personas queridas. El hecho de acariciarse y besarse tiene un efecto inmunitario, dice el doctor James Coan de la Universidad de Virginia. En un magnífico artículo que aparece en la revista “New Yorker”, Robin Wright cita las declaraciones de Coan y también las del psicólogo clínico Ami Rokach de la Universidad de York: “Durante el siglo pasado, la vida de los seres humanos se ha focalizado cada vez más en el dinero y las posesiones materiales, lo que, especialmente gracias a la tecnología, llevó a olvidar las relaciones humanas. Ahora que estamos de pronto confinados a nuestras casas, los mejores medios de supervivencia, psicológica y biológicamente, tienen que ver con la interacción con personas por cualquier medio”.

Gracias a la emergencia sanitaria pero también a la recesión social, los peruanos nos sentimos más solos. Pero como tenemos una concepción del mundo basada en sociedades familiares, la figura de Vizcarra ha cumplido el rol de un padre severo y a la vez cercano en estos tiempos. Sus mensajes no solo son informativos. También cumplen el rol de ser una referencia social. Vemos que una figura paterna enfrenta la gravedad de una situación en nombre de la familia. La colaboración que ha pedido es dura pero tiene un respaldo. También en estos días ha sido muy meritoria la labor del alcalde Jorge Muñoz.

En la década senderista de los años ochenta, el enemigo era también desconocido y el futuro incierto. Pero durante esos diez años no sentimos la presencia de una autoridad que se hubiera hecho cargo. La confianza de hoy en el presidente nos pone en una cierta ventaja en estos tiempos de pandemia, incertidumbre y soledad. Mientras tanto, esperamos que llegue el día en el que podamos darle la mano a un amigo.

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