Cuidaba de mi hermana y de mí mientras mis padres trabajaban diariamente en horario corrido. Nadie nos entretenía como ella. Lee la columna de Lorena Salmón. (FotoIlustración: Kelly Villarreal / Somos)
Cuidaba de mi hermana y de mí mientras mis padres trabajaban diariamente en horario corrido. Nadie nos entretenía como ella. Lee la columna de Lorena Salmón. (FotoIlustración: Kelly Villarreal / Somos)
Lorena Salmón

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Nunca había leído un libro que me hiciera llorar. Los abismos, de Pilar Quintana, no solo logró conmoverme, sino remover todos mis recuerdos del pasado. Me vi de niña en la casa de mis abuelos –donde viví mis primeros años de la infancia–, repasé cada suceso de esa época borrosa en la que una va tejiéndose a sí misma y descubriéndose, ya no como un apéndice de nuestros padres, sino como un ser individual, con nombre y apellido, con rostro, cuerpo y personalidad.

De esas épocas de mi infancia, que se repartió entre la casa de mis abuelos paternos y maternos, hay un persona especial que viene a mi mente: mi tía Coca.

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Siempre la llamé así, nunca por su verdadero nombre, Ana María, porque jamás ha sido necesario.

La mayor parte de su vida, Coca ha vivido en una casa adjunta a la de mis abuelos paternos. Solo había que cruzar el gran patio del centro para llegar a su casa, que siempre estaba ordenada, olía delicioso y era mi guarida de diversión. Sobre todo su cuarto, que estaba lleno de alhajas, pelucas y parafernalia femenina.

Hermana mayor de mi padre, Coca cuidaba de mi hermana y de mí mientras mis padres trabajaban diariamente en horario corrido. Nadie nos entretenía como ella. Nos peinaba como Yuli, de El show de Yuli, una animadora infantil de los 80 que destacó por su carisma y sus peinados con vinchas de colores. Nos llenaba de bijouterie de plástico, nos llevaba a comprar baratijas a los mercados (mi favorito, el de Magdalena y todos sus recovecos) y nos engría como nadie. Era la reina en encontrar lo que uno buscaba a buen precio, don que mi hermana le heredó.

En casa de Coca, los almuerzos eran mágicos, pero nadie le ganaba a sus mesas navideñas. No solo es talentosa para la cocina, sino también para la decoración, para la artesanía, para todo aquello que requiera trabajo manual. Si en los años 90 hubiese habido un casting abierto para ser parte de Utilísima, programa que veía religiosamente, estoy segura de que se habría lanzando a participar.

No es una coincidencia que mis primas, sus hijas, sean ambas artistas muy talentosas, muy capaces con sus manos para plasmar cualquier arte.

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A Coca una vez la apodaron Picoca, porque durante un tiempo se dedicó a replicar cuadros de Picasso para mi padre y sus hermanos (no se lo digan a nadie). Cuando mi abuelo fallece, mi abuela decide vender su gran casa de la avenida La Mar y, con ella, también la casa de Coca. Decidieron mudarse de Pueblo Libre a La Molina, como lo habían hechos mis padres muchísimos años atrás, y además decidieron vivir muy cerca.

En conclusión, Coca siempre ha estado ahí. Cuando nació Horacio, nadie lo recibió con mayor entusiasmo. Adora a mis dos hijos como si fuera yo misma, y hoy quería contarles a todos sobre ella.

Coca querida, sé que quizás este texto te lo lean, pero aquí va, en pocas palabras, mi gratitud infinita hacia ti: eres de mis personas favoritas en esta tierra, siempre lo has sido, leal, fiel, amorosa, presente. No solo lo siento yo, sino que me atrevo a incluir en este texto también los sentimientos de mi hermana. Te adoramos y te necesitamos fuerte, con ganas, para reencontrarnos pronto, Coquita. Nada es lo mismo sin tu entusiasmo, sin tu voz fuerte y ronca, sin tus ocurrencias, así que ponle ganas, tía, ponle fuerza, que aquí estamos pensando en ti, siempre.

Tenemos todavía tanto por hacer. //



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