Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
Luciana Olivares

Lo primero que me llamó la atención cuando la conocí fue su nombre: estaba bordado de rojo en ese mandil blanco que teníamos que usar como uniforme desde prekínder en el colegio. ¿Habré leído mal?, pensaba, mientras trataba de entender cómo se pronunciaban esas letras J-A-M-M-Y. De pronto, la profesora pasó lista y descubrí que su nombre era igual al del hermano de la Pequeña Maravilla. Físicamente se parecía a Vicky, la linda niña robot de ese programa, pero mezclada con Candy: tenía un pelo marrón ensortijado precioso que se veía más bonito aún cuando su mamá le hacía dos colas. Su nariz parecía de dibujos animados. Jammy lucía como una muñeca, siempre haciendo aspas de molino en el recreo y compitiendo en todas las categorías de atletismo en el colegio. Yo la miraba desde las tribunas porque, a diferencia de ella, era muy torpe para los deportes, así que me conformaba con integrar la banda en calidad de flautista.

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Supongo que ella sabía quién era yo, pero no fue hasta sexto grado que hablamos por primera vez. Íbamos a ser compañeras de carpeta por todo un año y, la verdad, yo estaba emocionadísima. El primer día puse mi colección de borradores en el medio de las dos carpetas y eso le sacó una sonrisa. Descubrí que si Jammy era hermosa de lejos, lo era aún más de cerca. Era sencilla, divertida, honesta y generosa. De pasar a compartir carpetas, pasamos a compartir pijamadas, mientras dibujábamos en nuestras agendas frases de Bon Jovi o de Roxette. Compartíamos ropa esos viernes que nos arreglábamos juntas para ir a las fiestas. Compartíamos secretos, como el día que finalmente le dijo que sí a su primer enamorado, pero en secreto porque su papá no la dejaba. O cuando le conté de mi primer beso con lengua bastante accidentado, porque mi galán tenía mal puestos los fierros. Compartí con ella mi primer viaje a Disney, subiéndonos a todos los juegos juntas, yendo al cine a ver Robin Hood, de Kevin Costner, y aprendiéndonos por completo la canción de Bryan Adams –I do it for you– que después se convertiría en nuestra lenta favorita. Compartíamos palabras inventadas que solo ambas entendíamos, horas de horas de conversaciones en la playa en la que veraneábamos juntas y nuestra fascinación por el pie de chocolate, uno que hacíamos con la receta de mi abuela.

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Ya en quinto de media, sabiendo que ella estudiaría Educación Inicial y yo Publicidad, tengo que confesar que me aterraba separarme de mi mejor amiga. Pero de pronto recordaba alguna de esas historias que veíamos dentro de nuestra maratón de películas en la que las amigas siempre se mantenían unidas, pase lo que pase. Pero la vida –y sobre todo la amistad– no es como las películas. No puedes ponerles pausa al contacto y las conversaciones y luego pretender que todo siga igual cuando le pongas play. No puedes poner retroceso y volver a vivir escenas porque las personas siguen avanzando. No puedes poner stop porque resulta que te concentraste en otra cosa y no puedes asumir que la película de tu amistad te esté esperando por siempre.

Luego de salir del colegio veía a Jammy cada vez menos, hasta ya no verla casi nunca. Nunca nos peleamos pero me volví monotemática con el trabajo, y luego me casé. Es verdad que ella vivió fuera por un tiempo, pero no era un tema de distancia física, sino de mi propio bloqueo de fronteras para todo aquello que no estuviera relacionado con mi carrera, cosa que entendí demasiado tarde. A veces trabajamos tanto en nuestras oficinas, pero tan poco para mantener una amistad. En estos 22 años la volví a ver algunas veces. En una de ellas le preparé ese pie de chocolate con una nota en la que le decía cuánto la extrañaba. Ella lo agradeció con una sonrisa educada. Hace pocos años, cuando fui a su casa a conocer a sus hijos, los minutos pesaban tanto por falta de temas que terminé yéndome temprano. Hace unos días volví a escribirle porque me enteré de que murió su padre, un tío al que quise mucho. Traté de decirle en breve cuánto la recordaba pero me faltó decirle que la extraño y que nada me gustaría más que volver a comer con ella ese postre, sin plato y solo con dos cucharas. //

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