En memoria de las víctimas de Utopía, por Lorena Salmón. (Ilustración: Nadia Santos)
En memoria de las víctimas de Utopía, por Lorena Salmón. (Ilustración: Nadia Santos)
Lorena Salmón

Nunca olvidaré esa mañana. Mi papá entraba a mi cuarto para despertarme de la peor forma posible: mi vecina y compañera de clases había muerto en un incendio en la discoteca Utopía.  

Salí corriendo del cuarto aún dormida a ver las noticias, incrédula, aferrándome a la idea de que su nombre no apareciera en la lista de fallecidos. Hasta que lo leí: Vanessa Caravedo Guidino.  

Vanessa vivía a tres casas de la mía. Estudiamos en el mismo colegio, en la misma promoción y, aunque no terminó en el Villa Caritas, siempre la tuve al lado.  

Quizás por eso ahora que escribo sobre ella, a 16 años de su muerte, no necesito más que cerrar los ojos para verla: su sonrisa, sus cejas pobladas, sus pequitas y su pelo rojizo.  

Vane y yo éramos del barrio, en esos años maravillosos en los que la humanidad no había sido lobotomizada por la tecnología y la vida era eso que pasaba en la calle con tus amigos. 

Teníamos un grupo con el que simplemente nos la pasábamos genial caminando por toda La Molina o conversando en la esquina o en el parque. Oh, ese parque que tiene nuestras iniciales grabadas en troncos de árboles y losetas de cemento recién puestas.  

Si pudiese reunir a todos los que formamos ese grupo, estoy segura de que todos coincidiríamos en que Vane era la del corazón más grande.  

Vane fue generosa, más que generosa: las puertas de su casa siempre estaban abiertas. Para meter un cucharón al arroz recién hecho, que además olía increíble, o para tenderle la mano a quien lo necesitara. 

(Gracias, tía Rochi y tío Leopoldo, por haberla formado con ese corazón gigante). 

Cuando estuvimos en primaria, fue ella la que pensó en abrir una escuelita en su casa. Nuestro barrio molinero aún estaba en formación y vivíamos rodeadas de casas en construcción que hacían de albergue momentáneo al jefe de obra y su familia.  

Estábamos rodeados de niños, así que un verano muy productivo decidimos armar un colegio y enseñarles a esos niños todo lo que pudiésemos buenamente compartir.  

La misma casa de Vane tenía el segundo piso sin construir, así que ahí armamos nuestra escuela. Otras amigas del cole se sumaron para armar la currícula y teníamos desde matemáticas hasta religión.  

Vane siempre quiso ayudar. Quería ser psicóloga, como su papá. 

Esa terrible mañana, después de aceptar la crudísima realidad, solo recuerdo días complejos y muy tristes: enfrentar la inesperada muerte de un ser querido es un trabajo personal complejísimo, más aún cuando se trata de un caso como el de Vanessa, que murió junto a su novio, Ricardo Valdivia, por la irresponsabilidad y negligencia de otros.  

Vane murió a los 21 años y tenía planes de casarse con Ricardo. Yo a esa edad trabajaba en otra revista local y me tocó ver el caso de cerca. Lo cubrí durante meses y llegué a conocer a cada uno de los padres que tuvo el infortunio de pasar por esa tragedia. Escuché y escribí las historias de sus hijos, visité sus casas, los acompañé, lloré con ellos.  

Pareciera inaudito que después de tantos años no se haya hecho justicia en este caso, pero en este país esa palabra no tiene sentido. 

En estos días, una película sobre Utopía, con la venia y aprobación de los padres, se estrenará en la pantalla grande. La intención es traer el caso de vuelta a la opinión pública y movilizar los procesos para que finalmente se haga justicia.  

Aunque la mitad de los padres ya no estén, los que quedan no están solos. // 

Esta columna fue publicada el 15 de setiembre del 2018 en la edición impresa de la revista Somos.