"A la mañana siguiente, recibí un audio de Eloy en el que me decía que lo había vendido todo". Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
"A la mañana siguiente, recibí un audio de Eloy en el que me decía que lo había vendido todo". Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
Luciana Olivares

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Luego de casi nueve meses de no salir de mi casa, decidí pasar mi cumpleaños en Máncora cuando el . Llegué al aeropuerto y me encontré con un enorme letrero que decía “Despega Perú”. Serían tantos días de encierro, o las hormonas, pero me puso la piel de gallina leer este mensaje y sobre todo ver un aeropuerto vivo, con movimiento. Hasta diría que con esperanza.

Arribé al hotel y, por primera vez, entendí lo que significa sonreír con los ojos. Así podría describir la expresión del personal del hotel reencontrándose con sus huéspedes y con las primeras muestras reales de reactivación. No quería dejar pasar ni un minuto para tirarme en la arena y sentir bien cerca la brisa del mar. De pronto, apareció él acercándose desde la orilla y rompió el hielo con una frase: “Hola, ayer no pude venir, pero ya tengo lo que me pidió, me costó reconocerla por su mascarilla, pero esos ojos no se olvidan”. Yo en mi vida lo había visto; acababa de llegar. Me hizo acordar a la típica frase de ‘gilerito’ que te trataba de meter letra diciendo que te conocía de antes. Y si bien a los ‘gileros’ monses de mi pasado no les había ligado su ‘técnica de acercamiento comercial’, este llamó mi atención.

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Lo que vino a continuación fue un despliegue de técnicas de ventas versión playa aplicadas en cinco minutos. Pasó del galanteo espontáneo a mencionar que ya nos habíamos conocido, a la empatía mientras me contaba que yo podía ser su primera venta del día y que estaba seguro de que eso le daría suerte. Como buen vendedor, sabía que todo bien con lo emocional, pero tocaba pasar a temas más racionales como facilidades de pago, por ejemplo, reflejadas en los 15 días que me daba como préstamo para pagarle el ‘pareo’ o la simplicidad de pagarlo con Yape. Ya con mi absoluta atención, pasó a la demostración del producto y así, como quien no quiere la cosa, yo estaba haciendo shopping en la playa, admirando cada producto cual tienda de centro comercial. Tanta destreza marketera me llevó a preguntarle su nombre. “Soy Eloy y quiero que seamos socios”.

Él, luego de un buen refill de alcohol en gel en las manos, sacó de su maletín una tela dorada y un aro. Me contó que se trataba de su producto más innovador, un vestido con múltiples usos que podía descubrir a través del link que él mismo había preparado en YouTube. Me lo probé y me propuso ser su modelo para así llegar a más personas. Yo le dije que no tenía dotes de modelo, pero que si una foto juntos lo ayudaba a vender, contaba conmigo. Luego de negociar, intercambiar teléfonos para pedidos futuros y, por supuesto, tomarnos la foto de rigor, Eloy prosiguió su camino por la orilla, cubierto con su turbante y mascarilla a 30 grados de temperatura. Mientras lo miraba cargar ese enorme maletín que pesaba una tonelada, pensaba en cuánto impacto podemos generar todos en otro peruano y en la reactivación de su economía. Al fin y al cabo, somos una cadena, y por pequeño que parezca nuestro aporte, es vital para que se mueva la rueda que hoy se siente oxidada en una serie de sectores. Dicho y hecho, compartí mi foto con Eloy en mis redes sociales y su teléfono para que le hicieran pedidos, pero creo que ni él ni yo imaginamos lo que pasó después.

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A la mañana siguiente, recibí un audio de Eloy en el que me decía que no solo había vendido todo en la playa y que muchas personas lo saludaban por su nombre y le comentaban el post, sino que ya tenía pedidos de otras ciudades del país. ¿Me pregunto si esto no es acaso lo que deberíamos estar haciendo todos en nuestras redes de contactos y sociales? Promoviendo a otro peruano y ayudándolo a generar y conseguir trabajo. ¿No deberíamos ser todos influencers de otro peruano? Ya era mi último día en el paraíso mancoreño. Eloy quería verme antes de mi partida, así que nos citamos a las 9:30 a.m. en la orilla, frente al hotel. Los minutos pasaban y él no llegaba. Ya estaba haciendo el check out cuando, de pronto, veo en la arena a dos vendedores de sombreros que me hacían señas y a Eloy corriendo con su enorme maletín desde lejos. Le di el encuentro y me regaló un pareo precioso, diciéndome que sabía que ese día era mi cumpleaños y que nunca olvidaría a su modelo. Yo le dije que el modelo era él y que conocerlo había sido mi mejor regalo. //

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