"Todo funciona y funciona bien, pensaba
mientras miraba boca abierta una
cuidad llena de gente viviendo, no
sobreviviendo". Lee la columna de Lorena Salmón.
"Todo funciona y funciona bien, pensaba mientras miraba boca abierta una cuidad llena de gente viviendo, no sobreviviendo". Lee la columna de Lorena Salmón.
Lorena Salmón

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No es un secreto que la salud en nuestro país es un privilegio. En ese sentido, me encuentro dentro del grupo de los ultraprivilegiados: no solo porque desde que comenzó la pandemia ni yo ni ningún miembro de mi familia hemos tenido , sino porque tuvimos la oportunidad de acceder a la vacuna antes y fuera de nuestras fronteras.

Fui a vacunarme a Miami y, con vergüenza, confieso que en el fondo no quería; tanto no quería, que el pasaporte con mi visa americana desapareció. No estaba por ningún lado de la casa, a pesar de haber repasado mis últimos movimientos con él. Un enigma. Durante una semana procesé el hecho de que nunca más –en un futuro cercano– podría viajar al país de las oportunidades, pues la embajada de no está dando citas para visas.

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Hasta que un día, mi marido lo encontró. Con el pasaporte en mano, no había excusa, y mi reticencia perdió fuerza ante la ciencia y ante lo evidente: estoy en una posición absolutamente privilegiada. Así, apostamos por viajar y aprovechar que en el país de las oportunidades literalmente estaban incentivando que propios y ajenos se vacunen gratis.

Estando allá, la cita para vacunarse se saca de manera virtual, como casi todo: reservaciones a restaurantes, entradas a museos o exhibiciones, clases de yoga. Uno va en su turno, que se respeta, en el lugar autorizado, que incluye farmacias. En mi caso, CVS. No te piden nada, te atienden amablemente y, si tienes suerte, te dan un kit para que te recuperes rápido de cualquier efecto de la vacuna: dolor de cuerpo o cabeza, fiebre.

El primer día me sentí agotada, luego absolutamente normal.

Mientras estuve ahí, se autorizó que las personas vacunadas, después de dos semanas, prescindan de las mascarillas y del distanciamiento social. Libertad absoluta, Miami estaba repleta de sudamericanos en la misma misión: evitar esperar años para recibir una vacuna que en un lugar como este se da gratis a ciudadanos de todo el mundo.

No solo eso, las pruebas covid también son gratuitas y las encuentras por todos lados (yo utilicé Curative, un servicio de pruebas muy eficiente).

Todo funciona y funciona bien, pensaba mientras miraba boca abierta una cuidad llena de gente viviendo –no sobreviviendo–, espacios públicos y privados llenos, comercios, bares, playas. Hay esperanza.

“¿No nos podemos quedar?”, me preguntaba mi hija, y me regresó a 1991, cuando yo, en ese entonces menor que ella ahora, descubría una prometedora Miami. Mi padre tenía intenciones de salir del Perú corriendo y establecerse en esa ciudad, bonita y tentadora, poniendo una juguería como las de los mercados de Lima. No funcionó, nunca viví en Miami, salvo esta última semana.

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Alquilé una casa por Airbnb, en un barrio cercano a todo, hicimos compras, la mayoría comida congelada sorprendentemente rica, teletrabajamos, teleestudiamos, se visitaron museos, se vio a amigos limeños y no limeños, se sintió bonito y seguro.

Me sentí absolutamente bendecida por la suerte y por la vida. Qué maravilla poder vivir en un lugar así y acceder a un sistema de salud que funciona, que no excluye; a espacios públicos inclusivos y hermosos, a cielos azules y sol radiante.

Mi hijo, entre broma y en serio, me dice: “Me había olvidado de que existía un primer mundo”.

Y sí, en realidad, no tenemos nada de qué reír, porque en lo que nos corresponde nos tocan tiempos durísimos, de conflicto, enfrentamiento, más polarización, salga quien salga elegido presidente. Nos toca también hacernos responsables de nuestras decisiones y acciones, de ser los seres políticos que innatamente somos, de comprometernos a cambiar hábitos individuales que conciernen a un todo, y pensar en acciones que nos favorezcan a todos. Porque no hay avance sin un entendimiento macro: el mundo no eres tú, así que enfoquémonos en todo aquello que sea sumar.

Por ejemplo, usar estas dos semanas que nos quedan para pensar en un voto responsable y nunca guiado por otra cosa que no sea nuestra propia intuición y conciencia. Ojalá hubiese una vacuna contra la falta de memoria y la ausencia de empatía. //

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