"Ya no podía seguir siendo esa niña que buscaba en todos los demás la responsabilidad de su triste vida". Lee la columna de Lorena Salmón. (Ilustración: Kelly Villarreal)
"Ya no podía seguir siendo esa niña que buscaba en todos los demás la responsabilidad de su triste vida". Lee la columna de Lorena Salmón. (Ilustración: Kelly Villarreal)
Lorena Salmón

Hoy que publico esta columna cumplo 39 años. Jerry Seinfeld, con su humor negro y sarcástico, no entiende por qué celebramos cada año, si lo único que hemos hecho es evitar morir.

Pues a pesar de haberle temido a la muerte durante las primeras dos décadas y media de mi vida, siempre creí que moriría joven. Esa idea me acompañó durante la adolescencia, cuando le rendía romántica pleitesía a todos los músicos del Club 27: Jim Morrison, Janis Joplin y Jimi Hendrix; pero se fue desvaneciendo con el paso del tiempo al darme cuenta de que todavía tenía para rato por aquí.

De hecho, con este nuevo año voy 22 superando mi propio autovaticinio de extinción. Es más, agradezco a la vida el haberme equivocado y que me permita todavía más tiempo de experimentación, goce, aprendizaje y la intensidad para aprehenderlo todo.

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Como soy una incansable buscadora de herramientas que me permitan conocerme más y aceptarme como tal, he ido tras respuestas en cartas astrales, tarots, pitonisas, coaches holísticos, esenios, videntes, futuristas, nombre usted.

Hace algunos días, además, tuve una sesión de psicomatrix que se basa en la numerología para otorgar una radiografía muy acuciosa de uno mismo. En resumen: he venido a esta tierra con un exceso de energía constructiva. Y quienes me conocen en persona sabrán que, en efecto, es energía lo que me sobra.

Durante años no tenía idea de cómo canalizarla, cómo transformarla, cómo hacer uso de este don o poder. De acuerdo con la coach y mi carta, el exceso de energía es un don que tengo en esta vida.

La drenaba absolutamente hacia causas inútiles: enamorar al chico malo que les había roto el corazón a todos pero que no haría lo mismo conmigo –el spoiler de esta historia es que dejé que me rompieran el mío también–, hablar constantemente de personas –uno de los errores más comunes que todos cometemos, esa necesidad de inmiscuirnos en la vida del otro como si tuviésemos derecho a opinar sobre las batallas personales de los demás–, envidiar al resto por sus logros mientras yo daba vueltas sobre mi propio eje y mirando mi propio ombligo.

Confieso, además, haber sido víctima la gran parte de mi vida y aquí convoco a mis amigos como testigos de que literalmente me lloré todo un río o, mejor dicho, me lloré todo el mapa fluvial de este país: la vida me pesaba, me pasaba por encima. Las cosas me sucedían, las quejas me invadían y todo sin darme cuenta de que era yo, y solo yo, la única que tenía el poder de cambiar.

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Mi primera decisión consciente y propia fue convertirme en mamá sin prácticamente conocer al padre de mi hijo. No tenía con él ninguna relación más que la atracción y el habernos conocido incipientemente en un viaje en el que coincidimos.

Fue la decisión más difícil, pero marcó un antes y un después. Ya no podía ser víctima, ya no podía seguir llorando por amores tóxicos no correspondidos, ya no podía seguir siendo esa niña que buscaba en todos los demás la responsabilidad de su triste vida.

Y comenzó un camino durísimo de autoconocimiento y de despertar de conciencia: gracias a mis terapeutas por haberme guiado en el camino y por enseñarme a abrir los ojos, a mis amigos incondicionales por nunca juzgarme –y saben la calidad y la cantidad de errores que he cometido– y levantarme del piso con sus propios brazos, a mi familia por convertirse en el motor y las ganas de querer ser mejor, y a cada persona que se cruzó conmigo como espejo o guía y me trajo enseñanza.

Puedo decir con fe que he mejorado, que he crecido, que me he vuelto más fuerte, más valiente, que ya no le temo a la muerte y que si esta rondara cerca de mí, hasta podría invitarla a hacer un salud de agradecimiento: por lo que viví y por lo que viene. Porque esto es solo el comienzo. //

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