"El Real Felipe fue el sepulcro no solo de un grupo de militares, sino de toda una élite". (Ilustración: Víctor Aguilar)
"El Real Felipe fue el sepulcro no solo de un grupo de militares, sino de toda una élite". (Ilustración: Víctor Aguilar)
Carlos Contreras Carranza

Historiador y profesor de la PUCP

El Real Felipe es uno de los edificios emblemáticos del Callao y uno de los legados arquitectónicos más importantes del período colonial; quizás el más importante entre los de carácter laico. Pero pocos limeños saben de la tragedia que hace poco menos de doscientos años se vivió tras sus murallas, en el marco de la guerra de nuestra independencia.

El fuerte había pasado a manos patriotas desde 1821, pero sea por maniobras de inteligencia del bando hispanista o por desavenencias internas de las tropas rioplatenses que lo custodiaban, el hecho fue que en febrero de 1824 estalló ahí una sublevación que luego sería conocida como “la traición del negro Moyano”. Dámaso Moyano era un sargento mulato, hijo de esclavos, proveniente de Mendoza, donde se había alistado en el ejército que cruzó la Cordillera de los Andes. La tropa rioplatense estaba descontenta porque se había pagado los salarios de los oficiales, pero a ella se le debía cinco meses, y ahora que habían llegado los colombianos con Simón Bolívar, eran desplazados de los repartos. En el caos que la sublevación de la tropa creó en el fuerte, ganó ascendiente el coronel realista José María Casariego, quien, en connivencia con los generales realistas próximos a Lima, logró ganar para su causa esta sublevación. Al cabo de unos días el pabellón del rey flameaba en el fuerte y Moyano había sido ascendido a coronel.

Las fuerzas patriotas huyeron de Lima al conocer el avance del ejército realista del general Monet, quien entró a la capital prometiendo perdón y amnistía a todos los que hubiesen firmado las actas de independencia o hubiesen colaborado de buena o mala gana con los patriotas. Los que habían quedado en la ciudad se le rindieron: autoridades, empleados del gobierno y, sobre todo, la nobleza limeña (o lo que quedaba de ella a esas alturas de la guerra). Es conocido el gesto de Torre Tagle, todavía oficialmente el presidente del país, de ponerse de su lado siempre que España se aviniese a reconocer nuestra independencia, pero que en caso de que ello no ocurriese, pedía ser tratado como prisionero de guerra.

Monet regresó a sus posiciones en el valle del Mantaro después de unas semanas, de modo que las fuerzas patriotas volvieron a tomar Lima. Acusados por Bolívar de traidores y merecedores de la pena de muerte, Torre Tagle, el conde de Aliaga, el de San Juan de Lurigancho, el de Castelar, el de Villar de Fuentes y el de San Donas, entre otros, huyeron despavoridos hacia el Callao, llevándose consigo sus familias y sus dineros. Después de la derrota realista en Ayacucho, el fuerte debía ser entregado a los vencedores, pero el general Rodil, al mando de la plaza, se negó a hacerlo. Bolívar declaró a quienes estaban adentro fuera de las leyes humanitarias de la guerra y decretó la confiscación de sus propiedades, prometiendo una cuarta parte a quienes las denunciasen.

Durante casi dos años la población del fuerte aguardó a una fuerza expedicionaria que nunca llegó. Estaban sitiados por mar y tierra, de modo que no tenían más agua y provisiones que las que había adentro. Estas eran solo para unos meses y estaban pensadas para los 2.800 hombres que componían la fuerza militar de Rodil, y no para las nueve mil personas que, según las “Memorias” de este militar, llegó a cobijar el fuerte. Para alargar la resistencia, Rodil trató de deshacerse de los civiles, a quienes instaba a salir. Como las fuerzas patriotas que estaban afuera se percataron de que así facilitaban la subsistencia de los de adentro, rehusaban recibirlos. En mayo de 1825 se vivió así la tragedia de unas mujeres con niños que debieron pasar varios días en los fosos situados al pie de las murallas, literalmente entre dos fuegos, condenadas a morir de bala o inanición. Hasta que se impuso la humanidad y fueron recibidas en el lado patriota.

Convertido en el último bastión realista, el Real Felipe capituló en enero de 1826, cuando solo quedaban 400 defensores y 700 civiles con comida para cuatro días. Rodil y un centenar de militares peninsulares partieron para España; con ellos se iba Moyano. Nunca se sabrá el número de víctimas que perdieron la vida en el fuerte. Algunos hablan de cinco mil a seis mil, y los más prudentes, solo de tres mil a cuatro mil. La mayor parte no por bala, sino por hambre, escorbuto o disentería. Para una ciudad de solo sesenta mil habitantes, fue una hecatombe. Perecieron víctimas de la intolerancia, de la poca disposición a lograr un acuerdo, de lo irreductible de las posturas de unos y otros. Del ánimo negociador de 1820, cuando se celebraron las conversaciones de paz de Miraflores, no quedaba ya nada. El Real Felipe fue el sepulcro no solo de un grupo de militares, sino de toda una élite. Esa aristocracia que Riva Agüero calificó de “boba” por no saber adaptarse a los tiempos, pero que no fue fácil de reemplazar y cuyos nuevos representantes fueron de una dudosa mejoría.

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